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Afán singular éste de un país pequeño, que a lo largo de ese mismo siglo, pobre y marginal, y asolado por montoneras, guerras civiles, ocupaciones militares y dictaduras, se vio lejos de conseguir la modernidad como sociedad, como la conseguiría en la literatura. Y si Darío abriría las puertas del idioma a la poesía simbolista francesa, José Coronel Urtecho, fundador de la vanguardia en Nicaragua, las abriría a la poesía norteamericana moderna tan temprano como en 1927. Emily Dickinson, William Carlos Williams, Ezra Pound, T.S. Elliot, eran ya nombres familiares cuando mi propia generación de escritores apareció al principio de los años sesenta. La poesía modernista de princesas y cisnes, tomada desde su lado más superficial, quedaba para los poetas de estro provinciano, mientras la modernidad se volvería un compromiso y un reclamo permanente a lo largo del siglo. Alfonso Cortés, Salomón de la Selva, Azarías Pallais, que aparecieron después de Darío, y luego Coronel Urtecho, Joaquín Pasos, Pablo Antonio Cuadra , de la generación de vanguardia, hasta llegar a Carlos Martínez Rivas y Ernesto Cardenal , que vinieron después. Junto con Coronel, Cardenal traduciría los poemas de la antología de poesía norteamericana que publicó en España la editorial Aguilar a comienzos de los años cincuenta, una verdadera novedad. La poesía de imágenes descriptivas, de tono conversacional, que toma en cuenta lo que el mundo exterior es capaz de ofrecer en sensaciones y percepciones singulares, y que Cardenal hará propia hasta devenir en su marca personal, todo eso que se ha llamado el exteriorismo, viene mucho de la poesía norteamericana, pero ya estaba en la Epístola de Darío dedicada a Juana Lugones, esposa de Leopoldo Lugones, todo un largo reportaje escrito en alejandrinos pareados, con notas de pie también en alejandrinos. Cardenal iría aún más allá, hasta incorporar la poesía que encuentra en los áridos documentos de los archivos de Indias acerca de la conquista y colonización de Nicaragua en El estrecho Dudoso . Pero antes está el Cardenal de los Epigramas , que resultaron de sus lecturas de Catulo y Marcial en sus años en la Facultad de Filosofía y Letras en la Universidad de México, a quienes así mismo tradujo, perfectos juegos de inteligencia sobre el amor, el abandono y el desengaño, y que se copian en cartas de enamorados, o se oye recitar a los despechados en las cantinas. Pero el Cardenal que me sedujo en la adolescencia, antes de nada, fue el de Hora O , pues me ayudó a entender cuánto de poesía podía tener la prosa narrativa, y viceversa, siendo tan tenue la frontera entre ambas, como quedaba expuesto en ese poema de larga factura que desafiaba los cánones que habían regido hasta entonces lo que podríamos llamar la “poesía política”, y que se separaba aún de la escrita por Neruda. En Hora O , un poema sobre las dictaduras centroamericanas, Somoza, Ubico, Carías, Cardenal no denuncia sino que describe desde una perspectiva casi neutral, como debe hacerlo un buen narrador. Es un poema que tiene ya medio siglo de haber sido escrito, y que no ha perdido, al menos ante mis ojos, nada de su frescura inicial, y me sigue pareciendo siempre un experimento nuevo, como ocurre siempre con las piezas literarias clásicas. No tiene ningún tono lírico, saca de por medio la retórica, no trata de impresionar con acentos de elegía. Y aún más allá iría con el Canto Nacional , una hermosa y singular alabanza a Nicaragua que tampoco tiene tono lírico, y que funciona como registro minucioso del país. Con Hora O empieza ese profundo cambio en cuanto a la manera de concebir la composición poética, que tanta influencia ha llegado a tener en América Latina, y que se ha reducido, como ocurre siempre, a la simple matrícula de exteriorismo. No le van en zaga los poemas de Getsemaní, Ky , escritos durante su noviciado en el monasterio trapense de Kentucky, donde se hallaba Thomas Merton, en muchos sentidos su mentor.
Una voz que ha pasado las barreras del siglo XX y se alza siempre nueva, como lo es en el Cántico Cósmico , lo más hondo y lo más lejos que ha ido nunca la poesía de Cardenal, y que crecerá en peso a medida que nos adentremos en el nuevo siglo. Hoy, a sus ochenta años, sólo ha entrado en una nueva etapa de su vida literaria. Masatepe, enero 2005 |