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Esta
tarde de abril en que por extraño sortilegio el cielo está tan despejado
como para divisar los montes azules que rodean el valle de Anahuac, y
puede uno envanecerse en el milagro de contemplar este espejismo tan mentado
de la región más transparente del aire, me dirijo a romper con una de
las promesas que me hice desde que toqué tierra por primera vez en la
ciudad de México allá por los años sesenta: nunca subirme a unas de las
barcas enfloradas de Xochimilco, mejor en mi recuerdo tal cual aparecía
en María Candelaria del Indio Fernández; nunca visitar el santuario de
Guadalupe. Semejantes promesas sólo buscaban saciar mi animadversión en
contra de los fetiches del turismo multitudinario, lista en la que dejó
de faltar, hace ya tiempo, la plaza Garibaldi con su irresistible bulla
de mariachis.
Ahora, por fin, voy hacia el santuario
con mi mujer y mis amigos los Barcárcel, y mientras atravesamos por todo
Insurgentes sur infinito, en la esquina con San Luis Potosí, en la colonia
Roma, descubro al paso un extraño edificio que tiene en lo alto dos ventanas
rectangulares, una muy lejos de la otra, y en cada una de ellas una imagen.
Uno de los autorretratos de Frida Calo ciega una de las ventanas, mientras
la Virgen de Guadalupe ciega la otra, como si la pared fuera una cara
plana con dos ojos. Juntas, o por separado, parecen darle sentido a mi
peregrinación de esta tarde.
He dicho dos ventanas distantes,
pero en verdad se trata dos imágenes femeninas muy cercanas que representan
a México como entidad cultural. Una de ellas, la rebelde atormentada,
sus huesos atornillados entre los hierros retorcidos de un tranvía descarrilado;
la otra, nutricia y protectora, pintada en la humilde tilma de un indio.
Nunca lograré saber si el piso al que corresponden aquellas dos ventanas
del edificio alberga una boutique de ropa francesa, o algún un salón de
belleza donde son hombres quienes manejan las tijeras desbastando cabelleras
de mujer.
Hay una suerte de veneración de moda
por Frida Kalo. Uno encuentra hoy postales con sus autorretratos en las
tiendas de todos los museos del mundo, como encuentra ejemplares de las
novelas de Isabel Allende en las librerías de todos los aeropuertos. No
podemos decir que la Virgen de Guadalupe esté de moda, consagrada desde
siempre en el corazón de todos los mexicanos, aún de los más ateos y agnósticos
intelectuales que yo conozco. Quien está de moda, por el hecho de su canonización,
es Juan Diego, el indio que convenció a un clérigo incrédulo de que la
había visto con sus propios ojos en el cerro del Tepeyac, hacia donde
sigo mi viaje ahora, acercándome ya al sendero que la municipalidad ha
abierto en medio de la calzada para los peregrinos. Una tarde tranquila,
y despejada de promesantes. En fechas de romería, hay un hervidero de
gente hasta la explanada del santuario.
Si Juan Diego existió o no, parece
hoy una discusión un tanto inocua. Si tantos creen en él, existe, aunque
su imagen sea virtual. Porque en el infinito santoral de la iglesia católica
hay santos de carne y hueso, y santos virtuales, aunque algunos de estos
últimos hayan sido purgados, tal como ocurrió hace algún tiempo con San
Cristóbal, patrono de los choferes, que sigue siendo de todos modos muy
popular. Y también santos que son elevados a los altares por razones políticas,
y santos que alcanzan su sitial porque sus virtudes de entrega en bien
del prójimo los vuelven extraordinarios, como el hermano Pedro de Betancourt
de Guatemala, canonizado también en estos días, capaz del formidable y
humilde milagro de convertir las lagartijas en esmeraldas para venderlas
a los joyeros y dar de comer a los hambrientos; o como nuestra sin par
Sor María Romero, elevada a beata con asombrosa prontitud.
Ahora, saliendo de los sótanos de
estacionamiento que a través de una multitud de tiendas de artículos religiosos
llevan a la explanada donde se alza la monumental basílica moderna, obra
del arquitecto ya clásico Pedro Ramírez Vásquez, me encuentro que la imagen
de Juan Diego que ofrecen en el atrio los vendedores callejeros, dista
mucho de parecerse a la que desde niño yo solía contemplar en la iglesia
parroquial de mi pueblo natal de Masatepe, en un hermoso mural. Aquel
era un indio como los de mi pueblo, éste se parece más a Hernán Cortés,
con barba rizada y mirada adusta de conquistador que no perdona titubeos
en sus filas de soldados de a caballo. Es una metamorfosis extraña la
de este indio convertido en conquistador, y que abre sus brazos al Papa
Juan Pablo II, en una composición gráfica no menos virtual.
La causa de Juan Diego, dice Luis
González de Alba en un artículo de Nexos, comenzó mal, con acusaciones
de intervención diabólica, "según afirmó en 1570 fray Bernardino de Sahagún,
al considerar sospechosa de satanismo la afición que habían tomado los
indios por la imagen de la virgen venerada en el Tepeyac, en el mismo
sitio donde había estado el adoratorio de la diosa Tonantzin". Tonantzin,
madre de todos los dioses del panteón mexicano. Desde entonces, todos
somos hijos del sincretismo religioso, en México, y en el Caribe, santos
católicos, dioses indígenas, y santos yorubas de por medio. Para González
de Alba, Juan Diego no viene a ser sino el más conspicuo de los "santos
cristeros", ascendidos a los altares por razones políticas. Pero ya miles
le rezan, y claman por el beneficio de sus milagros, aunque se trate de
un santo virtual.
Mientras subo en peregrinación solitaria
las gradas que llevan hasta la ermita de la aparición en la cumbre del
Tepeyac, oyendo llegar desde los tenderetes de abajo la bulla de unos
parlantes en los que por extraño contraste atruena La Banda del carro
rojo, joya de Los Tigres del Norte, recuerdo que en México siempre hubo
devoción por los santos de carne y hueso, surgidos de las discordias de
la vida política, fueran santos católicos o santos anticlericales, y que
sus cuerpos, o partes mutiladas de esos cuerpos, han sido objeto de veneración.
En la Iglesia de la Sagrada Familia de la calle Orizaba, una urna guarda,
al lado del altar mayor, las cenizas del padre Pro, acusado de mentor
en el asesinato del presidente Obregón. Un santo cristero. Y el brazo
que el presidente Obregón había perdido en una de las célebres batallas
de la revolución, estuvo largo tiempo expuesto en el altar republicano
que le fue erigido en Insurgentes. Para no hablar de la pierna del General
Santana, enterrada en vida suya en solemne procesión fúnebre. O la disputa
por el cerebro de Rubén Darío en Nicaragua, víscera sagrada.
Mientras descendía los escalones
de la ermita y el atardecer gris empezaba sobre el valle, también me acordé
de la historia del cadáver de San Juan de la Cruz, el gran poeta místico
tan mal visto por la santa inquisición. Triunfó su santidad sobre las
mezquinas inquinas, y sus despojos fueron más bien disputados entre sus
fieles. El cuerpo llegó a Segovia ya sin un brazo, sin un pie y varios
dedos que habían quedado en Úbeda, lugar de su muerte. Luego se le cortaron
los miembros restantes, y excepción hecha de un brazo cedido a Medina
del Campo, y de varios dedos repartidos en otros poblados, lo poco que
quedaba fue devuelto por fin a Úbeda. Segovia se quedó con la cabeza y
el tronco. Un santo de carne y hueso, despedazado por pura devoción. Una
devoción tan grande, que todos, vean si no, nos quedamos con su lengua.
Managua, abril 2002
www.sergioramirez.org.ni
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