Prosa Profana

LA MANO DE DIOS
Sergio Ramírez

La fotografía del Pibe de Oro está por todas partes en las calles de Buenos Aires, anunciando su regreso triunfal. Los argentinos llevan al Ché en las camisetas, tienen a Evita en los altares y a Gardel siempre en los oídos. Pero a Diego Armando Maradona, mal que les pese, lo llevan en el corazón, y no tienen más que reconciliarse con él cada vez que caído en el lodo, como en la letra de los tangos, hace un intento por levantarse. Hoy va a aparecer como conductor y estrella del programa La noche del 10 en el canal 13, y regreso a tiempo al hotel para no perdérmelo.

En las últimas fotos de hace meses se veía deformado por la obesidad, monstruosamente gordo. Apenas el año pasado, otra crisis cardiaca lo tuvo cerca de la muerte, y miles de hinchas hicieron vela alrededor de la clínica donde fue hospitalizado. Tiene cuarenta y cinco años, pero el Diego tiene que ser como quedó en el recuerdo de la gente, metiendo aquel primer gol en el partido contra Inglaterra en el mundial de 1986 en México, cuando Argentina se coronó campeón. Fueron dos goles, el segundo, el mejor de todos los tiempos. Pero el primero lo metió con la mano, según se ve claramente en los videos. Eso a nadie le importa, al contrario. Todos, aún los amigos más ilustrados, te dicen que fue la mano de Dios.

El programa va a empezar a las diez de la noche en un escenario descomunal, donde podría hacer fintas con la pelota, conversar con los amigos, recibir artistas invitados, y cantar. Sí, cantar. Es precisamente como comienza el programa. Maradona cantando a capela, y más grave todavía, con voz destemplada. Luego todo será aplausos, y lágrimas en abundancia. Las que suelta el propio Diego, las que sueltan sus padres ancianos, y sus hijos, enfocados en primer plano por las cámaras cada vez que lloran. Una hincha sostiene en las gradas un cartel que dice: Gracias Dios por ser argentino . La misma nacionalidad de Maradona.

Este show es una alegre mezcla de los sábados gigantes de don Francisco, de los millonarios programas de acertijos de Estados Unidos, y de los fastuosos decorados del viejo Hollywood de Fred Astaire. Una hierática Gabriela Sabatini se ha prestado a entrar en escena, con todo y raqueta, y desde Italia han traído a la Cucinotta, la actriz de El Cartero , que hace su ingreso en un convertible deportivo. ¿Para qué vino? Su silenciosa presencia parece inútil; pero vino para bailar unos compases de La Traviata con el Diego, al que le saca varios palmos de estatura. Y mientras el Diego baila, esconde bajo la cursilería de lujo su total desamparo de niño de arrabal que se está haciendo viejo vestido de caniche perdulario, todo cadenas y soguillas de oro al cuello, pesadas pulseras, camisa de seda. Y el abismo de la cocaína a sus pies.

Ha venido a celebrarlo Pelé, invitado de honor al programa. En su autobiografía Yo soy el Diego , que compro en una librería de la avenida Corrientes , proclama entre sus mayores enemigos a Pelé por haber lucido una corbata con diseño de barras y estrellas, entregado al poder de Estados Unidos, y al poder de la publicidad. Pelé anuncia la magia del Viagra. Pero ahora están juntos en el set, hablan, ríen, hacen juegos con la pelota. Nadie puede saber cuánto ha costado esta reconciliación, pero dicen que hay otras estrellas que se negaron a venir porque no les pagaron lo que sus agentes reclamaban.

Y cuando se apagan los reflectores sobre el escenario, otra vez el Diego vuelve a quedar en la mano de Dios.

 

Buenos Aires, agosto 2005 /www.sergioramirez.com