Prosa Profana

LA RISA, REMEDIO INFALIBLE          

Sergio Ramírez


 

            El viejo Somoza, que pasaba por campechano, y era un gracioso contador de chistes, no toleraba sin embargo que los hicieran a sus costillas. De allí que no perdonara nunca las ingeniosas invectivas de Ge Erre Ene, ni las de Manolo Cuadra, ni las caricaturas de Toño López, en los Lunes de la Nueva Prensa, y en La Semana Cómica. Alguno de los tres debió cruzar a pie la frontera con Costa Rica, por la fuerza, después de ser sacado de su casa a medianoche, en paños menores. Exilio por risa. Tampoco el último de los Somoza disfrutaba para nada las caricaturas de Amo, en La Prensa.

            Los personajes de la vida pública son todos candidatos a la sátira, y a las caricaturas. No se escapan ni del Torovenado de Masaya. Presidentes, caudillos, obispos, ministros, diputados, todos están destinados a ser medidos con la misma vara jocosa, según su importancia, una importancia que muchas veces, por desgracia, no se debe a buenas acciones. La lista de aquellos a quienes Calderón imita, por ejemplo, es muy selecta, y no pocos quisieran estar en su repertorio.

            Desde la muerte de Róger, genial y hondo crítico con la pluma de dibujar, vino a reponerlo Guillén, en su propio estilo de ingenio también cáustico, y luego apareció Molina. El uno desde su tribuna de El Azote, y el otro desde El Alacrán, y ambos desde las páginas editoriales, se despachan hermoso, como bien decimos en nicaragüense, y no dejan títere con cabeza. Sus caricaturas dicen más que todo un artículo de opinión, o un editorial, y muchas veces nos sirven de consuelo. Por lo menos ellos, están diciendo la verdad.

            Creo que los obispos se equivocan al ponerle ojeriza. Es probable que a veces se excedan, pero es siempre mejor el riesgo del exceso que el del silencio. Los jerarcas religiosos no pueden estar exentos del humor. Deberían recordar al Papa más humorista de todo la historia, Juan XXIII, que tanto se reía de sí mismo, y tomaba tan poco en serio los oropeles y glorias  mundanas, que mandó a suprimir la silla gestatoria en que los papas eran paseados por la plaza de San Pedro, como reyes medioevales. También suprimió la costumbre de los papas de comer solos. Las personas solitarias que tienen poder se vuelven peligrosas, porque sólo le hacen caso a su propia sombra.

            Y no están exentos los obispos de figurar en las galerías del humor, y de la burla, sobre todo si se comportan como personajes políticos, que hacen alianzas políticas, y toman partido político. La política es a los humoristas, lo que el agua a los peces. Si no existieran los políticos, tanto Guillén como Molina estarían obligados a buscar oficios diferentes, o se contentarían con reírse de sí mismos, porque estoy seguro de que antes de nada, saben reírse de sí mismos. Sin eso, el humor no existe.

            Cuidado. Ni los caricaturistas, ni los columnistas, ni los intelectuales, son personas peligrosas. Son necesarios a la sociedad. Sin Erasmo de Rótterdam, que fue un clérigo lleno de humor, no hubiera existido Cervantes, ni hubiera existido El Quijote. Tampoco es cierto que la libertad de prensa atente contra la democracia, de dónde habrán sacado eso, esas son opiniones malhumoradas. Hay que declarar la guerra a la bilis, que envenena la sangre, y el semblante. Ya ven que hay buenos humores, y malos humores.

            Quedémonos con el buen humor, y defendámoslo.

 

Monterrey, septiembre 2004.

www.sergioramirez.com