Sergio Ramírez

Prosa Profana

Las barbas en remojo

 

El Valle de los Caidos

 

El colmo de la egolatría es para alguien que manda, querer seguir haciéndolo después de la muerte. No ha habido pocos a lo largo de la historia, reyes, caudillos, dictadores, que pretenden dejarlo decidido todo, desde el nombre del sucesor, claro, a las reglas del juego que deberán seguirse en su ausencia. Pero ya se ha probado que se trata de empeños imposibles, y que con la muerte no sólo termina el poder, sino cualquier pretensión de posteridad.

El generalísimo Francisco Franco planeó cómo debería ser España sin él de manera más que minuciosa, y nada pareció mejor a sus fines que restaurar la monarquía. Escogió y educó al futuro rey para que fuera su sucesor, en el entendido de que su misión sería la de perpetuar el franquismo. El generalísimo se imaginaba una España sin él, pero con él. Y lo que surgió, ya sin él, fue la España de la transición democrática conducida por Juan Carlos, de cuyo reinado se celebran ahora treinta años.

Le salió, como decimos, la venada careta. La monarquía vino a representar todo lo contrario de lo que él pensaba que debía ser, y jamás imaginó que el monarca de su escogencia abriría las puertas a la democracia, ante cuya sola mención el caudillo solía estremecerse de espanto. Hubiera vuelto a morir si se entera de que comunistas, socialistas, nacionalistas vascos y catalanes, y entre ellos no pocos republicanos, fueron convocados para participar en el diseño de la nueva España que se convertiría, al votarse la constitución, en una monarquía democrática. Y menos pudo imaginar que el propio Juan Carlos se encargaría de derrotar las intentonas de regreso al franquismo, como ocurrió con el fallido golpe militar en 1981.

Ahora tenemos el caso del general Pinochet, que también concibió todo de manera meticulosa para después de su muerte, y sin haberse muerto está viendo lo que hubiera ocurrido, contra todos sus planes, en la posteridad: nada menos que la democracia. Y no solo eso, porque se ha visto procesado por los tribunales y puesto con la casa por cárcel, algo que por lo menos se hubiera ahorrado si muere a tiempo.

Cómo iba imaginar el todopoderoso general, que aparecía en las fotos en uniforme de muchos entorchados, con una capa prusiana echada sobre los hombros, que un día iba a ser careado, en calidad de reo, con su también todopoderoso jefe de seguridad nacional, el general Contreras, responsables ambos de la desaparición de miles de ciudadanos enterrados en cementerios clandestinos, y que en ese careo ambos se echarían la culpa mutuamente, sin gloria y sin honor, que nunca tuvieron.

El generalísimo Franco pensó aún en el lugar de su sepulcro, un gran monumento a sí mismo, y mando a excavar un siniestro santuario en las estribaciones de la sierra de Guadarrama, el Valle de los Caídos, obra de miles de prisioneros republicanos condenados allí a trabajos forzados. Efectivamente, allí fue enterrado. Y ahora, ay, posteridad rebelde, ya se está hablando de sacarlo del santuario, y entregar su cadáver a sus familiares para que le den cristiana sepultura en un lugar menos ostentoso.

Estos son apenas dos ejemplos, pero por supuesto hay muchos más. Pasan las glorias de este mundo, y nadie se libra de ser polvo y ceniza. Y quienes creen lo contrario, y a estas alturas están planeando su propia posteridad, y cómo quedarse en el poder después de muertos, que mejor pongan sus barbas en remojo.

Masasatepe, diciembre 2005
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