Prosa Profana
LAS DOS ESQUINAS DEL CUADRILATERO
Sergio Ramírez

Las elecciones en los Estados Unidos ocurren en una atmósfera contraria a la que uno ve en nuestros países latinoamericanos, y para el caso, Nicaragua. No hay aquí vientos de propaganda desatados, ni ruidosas manifestaciones por las calles, ni el paisaje esta lleno de cartelones de carretera. Las concentraciones son modestas para nuestros estándares, y los candidatos son aguardados por grupos reducidos en número, y tranquilos en actitud, en las estaciones de ferrocarril o en los aeropuertos, adonde se presentan para apariciones relámpago

La adhesión en los hogares a un candidato, se muestra apenas por un pequeño rotulo con el símbolo de campaña, que aparece también en las calcomanías de los automóviles, tal como lo he visto viajando por carretera desde Princeton hacia Trenton en Nueva Jersey. Y las encuestas son una regla de oro para guiar a los candidatos.

Hay estados donde los demócratas ni siquiera se molestan en hacer campaña, porque han sido concedidos de previo a Bush, como en el caso de Texas, o por los republicanos a Kerry, como en el caso de Nueva York y California. La gran pelea se da en los estados indecisos, como Florida, cuyo número de votos electorales resultará decisivo de nuevo en el conteo final, tal como ocurrió la última vez cuando Bush ganó una discutida elección gracias a unos doscientos votos de ventaja en este estado, una discusión que, como se recordara, terminó en la Corte Suprema.

Hoy, la estrechez de las preferencias de los votantes, anuncia otra vez una elección cerrada. Según la encuesta diaria que el Washington Post publica, hay un empate, con 48% de los votos para cada uno de los candidatos, 1% para Ralph Nader, el candidato independiente que antes fue capaz de restar votos importantes a los demócratas, y que hoy se ve reducido a su mínima expresión, y un 3% apenas de indecisos, prácticamente nada, pero suficiente de todos modos para poner las pocas onzas que faltarían en uno de los dos platillos de la balanza.

El gran campo de batalla es la televisión, donde se invierte la mayor parte de los fondos de campaña. Los anuncios en los periódicos están ausentes. Y los debates han venido a ser decisivos. Tanto machacó la propaganda republicana presentando a Kerry como un personaje débil, indeciso, y poco confiable, que la fuerza que demostró en los tres debates, ganándolos, mas bien ayudó a convencer a los votantes de que se trata de un candidato con fortaleza; de allí que su línea de preferencias haya venido ascendiendo, aunque sin dramatismos, pero con empuje suficiente para llegar hoy al empate.

Mi última noche en Princeton, la pase con unos amigos que me invitaron a ver el último de los tres debates, despreciando la tentación de quedarnos en el restaurante donde habíamos cenado, en medio de la algarabía de los parroquianos que veían encaminarse a los Yankees hacia su segunda victoria sobre los Medias Rojas. Pero también presenciar el debate se vuelve un ritual. Aquí se trata no de demagogia, sino de que un candidato demuestre que conoce el tema sobre el que está hablando, y que sepa contradecir a su adversario con golpes certeros y brillantes. Eso es lo que lo hace ganador del debate, y abona su camino hacia la victoria.

 

Washington, octubre 2004. www.sergioramirez.com