Prosa Profana
LAS SEMILLAS DEL DIABLO
Sergio Ramírez
Hace unos años regresé a Berlín como profesor visitante de la Universidad Libre. Había vivido tres décadas atrás uno de los mejores tiempos de mi vida en esa ciudad que un día había sido capital del imperio prusiano, y capital también del imperio nazi. En la década de los setenta, cuando me tocó allí mi primera estancia, era el espejo doble de dos mundos en contraste, a los que la guerra fría había dividido con un muro.
Viví y respire esos contrastes, y ahora, esta segunda vez, con el muro desaparecido y vendido ladrillo a ladrillo a los turistas, muy cerca de allí, encima de las ruinas dejadas por la guerra, donde un día había estado la Postdamerplatz, se alzaba ahora un deslumbrante conjunto ultramoderno, todo un muestrario de los grandes arquitectos mundiales, en vecindad al Reichstag incendiado por los nazis, a la puerta de Brandenburgo, y al propio bunker de Hitler.
En el centro Sony, diseñado por Helmut Jahn, un complejo de tiendas, cafés, restaurantes, oficinas y salas de cine, se hallaba ahora mi viejo cine Arsenal, donde yo había visto todo el cine clásico del mundo, religioso feligrés que no fallaba a sus sesiones así nevara o lloviera. Se había vuelto, por supuesto, un lugar irreconocible, como lo descubrí la noche en que Peter Schumann, su director, me invitó a presentar la película de Ken Loach, La canción de Carla ; y la noche siguiente fui a ver una vez más Hiroshima mon amour , el clásico de Alain Resnais una de las más crudas, y a la vez delicadas exploraciones sobre el amor en tiempos de holocausto.
La proyección se completó con el documental Noche y niebla del mismo Alain Resnais, sobre el campo de concentración de Auschwitz, donde fueron asesinados, sólo allí nueve millones de prisioneros. El auditorio estaba lleno mayormente de jóvenes, como ocurre en las cinematecas, y a medida que avanzaba la proyección, en la penumbra podía ver sus rostros, absortos unos, desesperados otros. Pronto corrían las lágrimas en muchos de ellos, y no tardó en haber una deserción. Se salían de la sala, tropezando en la oscuridad. No soportaban ver a los prisioneros desnudos, en los puros huesos, hombres y mujeres, entrando a los baños donde serían gaseados, las pilas de cadáveres que luego eran empujados dentro de zanjas sin fin por las palas metálicas.
Sus abuelos habían celebrado a Hitler, habían confiado ciegamente en él, miraron hacia otro lado cuando todo aquello estaba ocurriendo, y aquel mundo de horrores se volvía insoportable ahora para sus descendientes, y caía sobre sus cabezas como el martillazo de una culpa lejana, pero indeleble. Desde que Willy Brandt, entonces Canciller de Alemania, se arrodilló frente al monumento a las víctimas del holocausto en el ghetto de Varsovia, la pretensión de olvido pugna por volverse voluntad de perdón.
Hoy, cerca de la Postdamer Platz , y precisamente donde pasaba el muro, se ha abierto un parque con miles de cubos de metal, que en una panorámica infinita y geométrica recuerdan a las víctimas del holocausto. Debajo de los cubos, ha quedado enterrado para siempre el bunker, cuya vida subterránea de los últimos días evoca la estupenda película El derrumbe de Erich Hierschbiegel, y donde el papel de Hitler le toca al actor austriaco antinazi, Bruno Ganz.
Tiempos de tinieblas. En este sesenta aniversario de la liberación del campo de concentración de Auschwitz , a todos nos toca recordar. Las semillas del diablo germinan siempre en la oscuridad. Hay que poner el oído para no dejar de oírlas crecer, cuando crecen.
Los Ángeles, mayo 2005
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