Prosa Profana
LAS GLORIAS DE ESTE MUNDO
Sergio Ramírez
El conde Agoston Haraszthy pertenecía a una familia de patricios del norte de Hungría, dueños de viñedos, que como buenos patriotas se habían enfrentado primero a la dominación turca, y luego a la de los Hasburgos cuando se creó el imperio Austro-Húngaro. Por esa causa fue que Agoston tuvo que salir al exilio, después de verse comprometido en la revolución encabezada por el general Luis Kossuth.
Llegó a Nueva York con su esposa Eleonora y con sus hijos, y se hizo amigo de Daniel Webster, quien lo llevó a la Casa Blanca para presentarlo al presidente Tyler. Desde entonces no faltó a las fiestas oficiales a las que se presentaba con su vistoso uniforme de la guardia imperial, de la que había desertado para sumarse a las fuerzas de Kossuth. Su brillo social en Washington le facilitó la compra de diez mil acres de fértiles tierras públicas en las planicies de Wisconsin. Su figura de aquella época lo muestra de largo cabello negro, barbas rizadas y mostacho frondoso. Sus brillantes ojos, negros también, reflejaban a la vez las ansias del soñador y del hacedor. Amaba las cabalgatas rudas y sus cualidades de cazador de gamos y osos se volvieron legendarias.
Cuando en 1848 se inició la fiebre del oro, se dirigió hacia California con su familia, seguido por decenas de colonos, y se quedó por varios años en San Diego. Allí hizo que su padre fuera electo alcalde de la ciudad, y él mismo fue escogido como sheriff. Se le recuerda, entre otras cosas, por haber dirigido la construcción de la primera cárcel que hubo en la ciudad.
Se trasladó a San Francisco, y en 1857, mientras visitaba el valle de Sonoma, descubrió que aquellos parajes tenían el mismo clima y el mismo suelo de su natal Hungría; se dedicó entonces al cultivo de viñedos, y hoy se le considera como el fundador de la industria de vinos de California, habiendo importado de Hungría la famosa uva Zinfandel. También fundó en San Francisco la primera refinería de oro, y la Casa de la Moneda lo nombró acuñador oficial.
Pero la fortuna no siempre le sonrió. Fue acusado de estafa, porque las cantidades de oro en bruto no correspondían al número de monedas acuñadas, y aunque fue eximido tras varios años de pelea en los tribunales por un gran jurado, luego, cuando los viñedos se extendían por el valle de Sonoma gracias a su iniciativa, al sobrevenir una plaga de piojo filoctera, se le culpó de ser el causante. Para colmo, las bodegas de sus viñedos Buenavista fueron pasto de un incendio, y quedó en la quiebra.
Fue así que decidió emigrar a Nicaragua, pues recordaba los entusiastas llamamientos que William Walker había hecho en los periódicos de San Francisco, reclamando que fueran allá empresarios en busca de fortuna. Walker ya había sido fusilado, pero el emprendió el viaje en 1868. Compró en Chichigalpa la hacienda San Antonio , y trajo maquinaria para instalar un ingenio de azúcar, una destilería de ron, y un aserradero. Su esposa Eleonora murió allí de fiebre amarilla.
En 1869, el conde Haraszthy salió muy temprano a vigilar la construcción del aserradero. No le gustó el lugar, demasiado lejos de la vega del río, y quiso inspeccionar él mismo el sitio. Fue la última vez que se le vio. Trató de cruzar la corriente utilizando como puente la rama caída de un árbol, perdió pie, y cayó al agua. Un caimán de gran tamaño, que aguardaba escondido en el lodo, lo agarró entre sus fauces y se lo llevó consigo hacia el mar abierto. No sabía a quién se iba a comer.
Así acaban las glorias de este mundo.
Los Ángeles, junio 2005
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