Prosa
Profana

No hay duda de que la gente se está convirtiendo a paso acelerado en el principal producto de exportación no tradicional de América Latina, sobre todo en base a las migraciones masivas a los Estados Unidos. En este éxodo suman los emigrantes legales, y los clandestinos, millones de ellos, con peso ya significativo los primeros en las elecciones presidenciales, tanto como para que en la última campaña los candidatos se hayan decidido a hablarles en español en sus mítines. Qué clase de español, eso es ya otra cosa.
El Banco de México ha revelado que para este año las remesas de los mexicanos emigrantes superarán los 17 mil millones de dólares, más que todas las exportaciones de petróleo. En El Salvador y Guatemala son ya el primer productor de divisas, y en Nicaragua representan una cantidad superior a la de todas las exportaciones juntas, tomando en cuenta las remesas que vienen de Costa Rica.
Esas remesas, que pasan por el filtro leonino de las casas de cambio que se encargan de tramitar su envío y que se quedan con una buena tajada de las money orders , se parecen a una suave garúa que está cayendo permanentemente sobre miles de cabezas, los familiares de los emigrantes que se han quedado atrás, y que ven aliviada su situación de todos los días frente a la precariedad de las fuentes de trabajo locales. Sin esa garúa refrescante, los riegos de violencia social serían hoy mayores, no sólo porque habría menos ingresos en los hogares, sino también porque quienes se van descompresionan la caldera.
Si uno anda por los municipios de Tola, o de Buenos Aires, en el departamento de Rivas, o más lejos hacia adentro de occidente, El Sauce, advertirá que en muchos hogares hay sólo mujeres y niños, porque padres y hermanos han partido hacia Costa Rica, y también podrá dar fe del fenómeno contrario, hogares donde el hombre ha quedado al cuido de los hijos, porque es la mujer la que ha cruzado la frontera para emplearse como trabajadora doméstica. Y en El Sauce, uno de los negocios más brillantes es el alquiler de teléfonos celulares por parte de empresarios improvisados que se lucran de las madres que quieren oír la voz de sus hijos anclados en San José, o en Liberia.
Las migraciones masivas son un fenómeno de nuestro tiempo, cuyas consecuencias son económicas, sociales y culturales. Primero que nada demuestran la incapacidad de nuestros países, con economías precarias, de poder retener a sus ciudadanos en un clima de estabilidad laboral interna, lo que demuestra ya de por sí un fracaso. Pero no es un asunto sólo de Centroamérica, o de Nicaragua. Lo es también de Perú, de Ecuador, de Colombia. En Cuenca, en El Ecuador, yo he visto los esqueletos de las casas propiedad de los emigrantes más afortunados, que se van construyendo lentamente en la medida en que llegan sus remesas, las que aspiran alguna vez a habitar, y a la puerta de otras, cubiertos con lonas, los carros que ya han enviado por adelantado, para cuando vuelvan.
Pero otros se van para no volver, y su marca se va extendiendo de manera inexorable sobre los países que los reciben, como es el caso de Costa Rica frente a la incesante corriente migratoria de nicaragüenses que suman ya un millón, nada menos que la cuarta parte de la población de aquel país, y que empiezan a influir con su habla, costumbres, artes culinarias, música. Son los que no estaban invitados, pero dueños de una cultura vigorosa, que está produciendo ya un nuevo mestizaje.
San José, noviembre 2004/
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