Doña Leonor Argüello de Hüpper, doña
Leo, era perfecta para vender pólizas de seguro, porque su rostro bondadoso
demostraba a cualquiera que nada había que temer de la vida, y que asegurar
la vida para después de la muerte no era más que un asunto de trámite indoloro.
Y tras esa risa franca, y aquella mirada siempre entusiasta y vivaz, nadie
podía creer que se escondía una temible conspiradora de artes sutiles.
Así
la conocí yo en julio de 1978, cuando regresé del exilio a Nicaragua en compañía
del grupo de los Doce, y después de la toma del Palacio Nacional al mes siguiente,
habiendo tenido que ocultarme, ella cumplía el delicado oficio de llevarme
en su carro de un escondite a otro, o de una reunión en la sacristía de la
iglesia de Santa Marta donde se preparaba la huelga nacional a otra con el
estado mayor insurreccional de Managua de la tendencia tercerista del FSLN,
en casa de otro ciudadano insospechable, el doctor Eduardo Conrado Vado.
Era uno de sus muchos deberes, comprometida a fondo como estaba en la lucha
para derrocar a la tiranía de la familia Somoza, una actitud que de ninguna
manera improvisaba. Mujer de ideas y convicciones profundas, era lo que en
Estados Unidos, donde se había educado, se llamaría una liberal, de esas que
como flores exóticas nacen en las altas capas de la sociedad. Pero en la Nicaragua
de los Somoza, era una revolucionaria de cuerpo entero, inconforme con la
sujeción del país a la férula de los Estados Unidos, con la injusticia y con
la marginación, con los abusos y la represión, y dispuesta a hacer lo que
fuera posible para que todo cambiara.
Después
del triunfo, como buena vendedora de seguros su campo de acción fue el diplomático,
primero en Washington, como cónsul general, y luego en Costa Rica, como embajadora.
En uno de tantos estremecimientos de las relaciones de Nicaragua con Estados
Unidos, que a pesar de la guerra siempre se mantuvieron abiertas, cuando una
funcionara diplomática norteamericana fue expulsada aquí, acusada de poner
veneno en el licor preferido del padre Escoto, sacerdote de refinados gustos,
en represalia todos los cónsules de Nicaragua en Estados Unidos fueron expulsados
también, entre ellos doña Leonor, que no dejó por eso su risa franca.
Y cuando
era embajadora en Costa Rica, y una turba quiso asaltar la sede de la embajada
mientras la policía ponía poco empeño en detener a los exaltados, recuerdo
que la llamé por teléfono, y mientras daba el reporte de la situación, gritaba
a la vez órdenes enérgicas a los funcionarios para defender el edificio, ella
misma armada de un fusil que nunca supe si sabría manejar.
Al irnos
del Frente Sandinista a fundar otro partido, quién mejor que ella para ser
la tesorera de la nueva organización, transparente como era en todos los actos
de su vida. Ningún golpe había sido capaz de derribarla, ni la pérdida
de las ilusiones por las que había comprometido su existencia, hasta que sobrevino
la muerte temprana y tan sorpresiva de su hijo William, y entonces sí se derrumbó
bajo el hacha del destino.
Fuimos
vecinos muchos años. Y me encontré con ella ya alta la noche, a media calle,
cuando iba hacia la funeraria donde velaban a William, empujada en una
silla de ruedas, cargando todo el peso del dolor. Fue la última vez que habríamos
de vernos.
Masatepe, octubre
2004.
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