Prosa Profana
MI PERSONAJE INOLVIDABLE

Sergio Ramírez

 

Doña Leonor Argüello de Hüpper, doña Leo, era perfecta para vender pólizas de seguro, porque su rostro bondadoso demostraba a cualquiera que nada había que temer de la vida, y que asegurar la vida para después de la muerte no era más que un asunto de trámite indoloro. Y tras esa risa franca, y aquella mirada siempre entusiasta y vivaz, nadie podía creer que se escondía una temible conspiradora de artes sutiles.

         Así la conocí yo en julio de 1978, cuando regresé del exilio a Nicaragua en compañía del grupo de los Doce, y después de la toma del Palacio Nacional al mes siguiente, habiendo tenido que ocultarme, ella cumplía el delicado oficio de llevarme en su carro de un escondite a otro, o de una reunión en la sacristía de la iglesia de Santa Marta donde se preparaba la huelga nacional a otra con el estado mayor insurreccional de Managua de la tendencia tercerista del FSLN, en casa de otro ciudadano insospechable, el doctor Eduardo Conrado Vado.

        
Era uno de sus muchos deberes, comprometida a fondo como estaba en la lucha para derrocar a la tiranía de la familia Somoza, una actitud que de ninguna manera improvisaba. Mujer de ideas y convicciones profundas, era lo que en Estados Unidos, donde se había educado, se llamaría una liberal, de esas que como flores exóticas nacen en las altas capas de la sociedad. Pero en la Nicaragua de los Somoza, era una revolucionaria de cuerpo entero, inconforme con la sujeción del país a la férula de los Estados Unidos, con la injusticia y con la marginación, con los abusos y la represión, y dispuesta a hacer lo que fuera posible para que todo cambiara.

         Después del triunfo, como buena vendedora de seguros su campo de acción fue el diplomático, primero en Washington, como cónsul general,  y luego en Costa Rica, como embajadora. En uno de tantos estremecimientos de las relaciones de Nicaragua con Estados Unidos, que a pesar de la guerra siempre se mantuvieron abiertas, cuando una funcionara diplomática norteamericana fue expulsada aquí, acusada de poner veneno en el licor preferido del padre Escoto, sacerdote de refinados gustos, en represalia todos los cónsules de Nicaragua en Estados Unidos fueron expulsados también, entre ellos doña Leonor, que no dejó por eso su risa franca.

         Y cuando era embajadora en Costa Rica, y una turba quiso asaltar la sede de la embajada mientras la policía ponía poco empeño en detener a los exaltados, recuerdo que la llamé por teléfono, y mientras daba el reporte de la situación, gritaba a la vez órdenes enérgicas a los funcionarios para defender el edificio, ella misma armada de un fusil que nunca supe si sabría manejar.

         Al irnos del Frente Sandinista a fundar otro partido, quién mejor que ella para ser la tesorera de la nueva organización, transparente como era en todos los actos de su vida. Ningún golpe había sido capaz de derribarla, ni la pérdida de las ilusiones por las que había comprometido su existencia, hasta que sobrevino la muerte temprana y tan sorpresiva de su hijo William, y entonces sí se derrumbó bajo el hacha del destino.

         Fuimos vecinos muchos años. Y me encontré con ella ya alta la noche, a media calle, cuando iba hacia la funeraria  donde velaban a William, empujada en una silla de ruedas, cargando todo el peso del dolor. Fue la última vez que habríamos de vernos.

 

Masatepe, octubre 2004.

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