Prosa Profana |
Uno de los dolores que compartían era el incurable alcoholismo de Sócrates, para alejarlo del cual don Gregorio lo envió a Nueva York buscando que allá, talvez, el duro trabajo en una fábrica lo rescatara de su vicio. Mi abuela, que le tenía tanta lástima como afecto a su sobrino, recibía tarjetas postales suyas que aún en mis tiempos de niño ella conservaba, una con la efigie del puente de Brooklyn en colores pastel. Pobre Sócrates. Como ocurría a menudo en familias de corte patriarcal, fue al hijo bastardo, Augusto, a quien el padre confió sus negocios, y no al hijo legítimo, entregado a la disipación de la bebida. Y aunque luego siguió a su hermano en la lucha, no compartió su gloria. Cuando mataron al general Sandino la noche del 21 de febrero de 1936, y también mataron a Sócrates, mi abuela se trasladó a Niquinohomo a acompañar a su hermana, las dos enclaustradas dentro de la casa que soldados de la Guardia Nacional vigilaban día y noche. De allí, mi tía América salió al exilio a San Salvador, a juntarse con don Gregorio, o don Goyo, como lo llamaban en mi familia, un robusto mulato, siempre de saco y leontina cruzada sobre el chaleco, como se le ve en las viejas fotos, que heredó sus rasgos fenotípicos a Sócrates, el hijo legítimo, y no a Augusto, el glorioso bastardo. El General Sandino solía aparecer mucho cuando era convocado en las mesas de espiritistas después de su asesinato, no así Sócrates, quien no era llamado con frecuencia porque nunca lo acompañaron ni la fama ni el heroísmo, sino las debilidades y vicios que atacan a los seres humanos, algo por que le admiro como novelista que no cree en que existan ángeles y demonios por separado. Todos tenemos de los dos, y lo malo son las desproporciones, cuando hay muy poco de ángel en una persona, y predomina más bien el demonio. Si yo tuviera poderes de comunicarme con el más allá, facultad de la que por desgracia carezco, y se me pusiera a escoger con quién quisiera hablar, si con Augusto o con Sócrates, es obvio que escogería a Sócrates. Con Augusto, es decir, con el General Sandino, he hablado de sobra a lo largo de mi vida y conozco al dedo su pensamiento, que sigue inspirándome. Seguimos en diálogo, yo siempre aprendiz de su sabiduría y su entereza, de su sencillez y aplomo si dobleces, tan enemigo de la mentira. A Sócrates me gustaría preguntarle, y si alguna médium espiritista que me esté leyendo quiere auxiliarme, hacia dónde va ahora mismo a este pobre país desgraciado que siempre se está dando con la piedra en los dientes, y cuando menos pensamos, lo que tenemos frente a nuestros ojos es una representación de teatro de títeres de cachiporra, o una grotesca comedia de esperpentos. Masatepe, febrero 2007www.sergioramirez.com |
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