Prosa Profana

MIS NOVELISTAS PREFERIDOS
Esta vez es D.L. Martins, un holandés errante que ha desaparecido en la Patagonia sin dejar huella, y su fortuna de treinta millones de dólares ha quedado consignada en una cuenta cifrada de un banco de Suiza. No tiene herederos. Su abogado es el que te escribe desde Hamburgo, y consigna en la carta su dirección y demás datos pertinentes, para que no te queden dudas. Una firma de abogados en Rabat, Marruecos, no menos seria y prestigiosa, te ofrece compartir una tajada suculenta de la fortuna de Mariam Seseko, la antigua primera dama de Zaire, viuda del sanguinario dictador Mobuto Seseko; ella lo que necesita es un samaritano, alguien que le preste su nombre para sacar 40 millones de dólares que se encuentran congelados en alguna parte, porque, perseguida por la justicia fiscal del mundo, no puede hacerlo por sí sola. Otra viene de Adada Muhammadu, traficante petrolero de Irán, que empieza contándote que padece de cáncer en el esófago, y hallándose desahuciado, quiere compartir su fortuna: “nunca fui generoso, siempre traté con hostilidad a quienes me rodeaban, y sólo me preocupé de hacer dinero. Jamás me casé, jamás tuve amor por nadie. Ahora me arrepiento…” Sólo necesita que le envíes el número de una cuenta bancaria donde pueda hacerte un depósito, pero rápido, los médicos le han dicho que no le quedan sino semanas de vida. Este otro, tesorero personal del magnate petrolero ruso Mikhail Khodorkovsky, no se anda por las ramas. Ha decidido quedarse con el valor de tres últimos embarques de petróleo de su patrón, que van camino a Rótterdam, y de la suma resultante que es de 50 millones de dólares ofrece darte el cinco por ciento, algo que no está nada mal, 2.5 millones de los que podrás disfrutar el resto de tu vida, sin más preocupaciones. Son decenas de esas cartas, hilos de una inmensa red tejida por eficientes fabuladores para pescar incautos, que los hay en el mundo. ¿Dónde se hallan estas fábricas de mentiras? Principalmente en Nigeria; unos cuantos escriben las cartas, y otros más se dedican a “cosechar” direcciones electrónicas por medio de un sistema llamado “diccionarios de ataque”, que les permite componer al azar miles de esas direcciones. Es de esa manera que entran en tu correo, y en el mío. ¿Y el negocio? El negocio de los novelistas consiste en que, si les contestas, te piden algún dinero para algunos gastos legales, poco, si se toma en cuenta que van a premiarte con unos cuántos fáciles millones. Es un paquetazo de rango universal, y ya sabemos que no hay fraude que funcione sin ingenio, y sin capacidad de invención. Por eso estos ladrones electrónicos son mis novelistas preferidos. Me encanta como inventan, y admiro su poder de imaginación. Eso sí, mientras no me estafen. Berlín, octubre 2005 www.sergioramirez.com |