Prosa Profana

Monumento al cinismo

Anastasio Somoza PortocarreroEn una de las fotos históricas de Susan Meiselas, Anastasio Somoza Portocarrero aparece en traje de fatiga cortado a la medida, en cuclillas entre su tropa de elite de reclutas campesinos traídos de las remotidades olvidadas de Nicaragua. Cada uno de ellos tiene en la mano una cerveza americana de lata, un lujo entre los muchos que les daba el hijo de papá, empezando por el entrenamiento especial a cargo de un mercenario llamado Mike Echannis. Mientras corrían a marcha forzada en el patio de maniobras de la explanada de Tiscapa, Chaney establecía con ellos este diálogo: “¿Qué somos nosotros?”. “¡Tigres!”.“¿Qué beben los tigres?”. “¡Sangre, sangre, sangre!”. “¿Sangre de quién?” “¡Del pueblo del pueblo, del pueblo!” Era la EEBI, una escuela de asesinos a sangre fría.

La tropa de la EEBI, que el propio Somoza Portocarrero comandaba, era la única de la Guardia Nacional armada con fusiles Galil, tenían dieta balanceada, dormían en cuadras con aire acondicionado, y por tanto despertaban envidia entre los demás del ejército de la familia Somoza. Su papá le había regalado a Somoza Portocarrero esa tropa, a lo mejor para algún cumpleaños, como le regaló también el grado de coronel antes de cumplir los 30 años de edad.

Ahora lo veo retratado en la primera página del diario La Prensa, en una foto full color de gran formato en la que enseña, junto con su calvicie, un aire de cándida inocencia, la cara de quien nunca en la vida ha quebrado un solo plato, y casi implora que lo sometan al mejor polígrafo del mundo para que se compruebe que dice la verdad cuando afirma que nada tuvo que ver con el asesinato atroz de Pedro Joaquín Chamorro.

La noticia de aquel hecho más bien le partió el corazón, y él y su papá se conmovieron más que la propia familia Chamorro. Somoza Portocarrero tuvo que ingeniárselas sobre la manera más suave de dar la noticia a su pobre progenitor, no fuera a repetirle el infarto. Antes hubo que preparar a un team de médicos, toda una emergencia. Y cuando al fin se la dieron, perdió el aliento y tuvo que buscar donde sentarse. El mismo Somoza Portocarrero no podía creer que aquel crimen fuera cierto. Un adversario tan leal, un opositor tan franco, ¿cómo iban los Somoza a estar interesados en su eliminación física?

El argumento de que los actos criminales de poder necesitan de una inteligencia lógica, y que toman en cuenta la conveniencia de quien los ejecuta, no es más que una falacia, y la cúspide del monumento al cinismo que las declaraciones de Somoza Portocarrero son en su globalidad. Si tal cosa fuera cierta, que los asesinatos capaces de perjudicar al hechor nunca se cometen, no existirían los actos ciegos de venganza que se ejecutan desde la sombra, al amparo de la impunidad del poder.

Cinismo de cándida sonrisa. Plasmaféresis, empresa honorable y legal que compraba la sangre a los desgraciados menesterosos que ya no tenían otra cosa que vender, se estableció en Nicaragua, según Somoza Portocarrero, porque el país estaba certificado como de altos estándares de sanidad e higiene, y sus ciudadanos se hallaban bien alimentados. Es decir, quienes vendían su sangre lo hacían por saludables y bien alimentados.¿Y quieren más cinismo? ¡Todavía reprocha a doña Violeta no haber mandado a investigar a fondo el crimen cuando pudo hacerlo!

Sería bueno preguntarle a este último Somoza sobre la inteligencia lógica de los bombardeos con barriles de 500 libras rellenos de explosivos sobre León, Masaya y Estelí, y sobre los barrios orientales de Managua. Sobre las decenas de cadáveres de jóvenes lanzados cada día en la cuesta del Plomo, y dejados a merced de los zopilotes. Sobre las “operaciones limpieza”, barrio por barrio, casa por casa, para exterminar adolescentes y muchachos de ambos sexos. Y sobre las grabaciones que se hicieron de su voz, cuando desde los hogares se monitoreaban en los escáneres las transmisiones de la Guardia Nacional.

Socorristas ametrallados por la GNEn una de ellas Somoza Portocarrero, hablando desde su cuartel en el fortín de Acosasco, en septiembre de 1978, le dice al coronel Humberto Parrales, Jefe del Estado Mayor Presidencial, que habla desde el búnker de papá, que le meta cualquier cuento a la Cruz Roja para embozar el asesinato de los socorristas ametrallados por órdenes suyas dentro de la ambulancia que los llevaba a León, por ejemplo que fueron tomados por guerrilleros que se habían robado la ambulancia, cualquier pendejada de ésas. La ambulancia recibió más de cuatrocientos impactos de bala desde un helicóptero artillado, como el cuerpo de Pedro Joaquín recibió decenas de perdigonazos de escopeta.

Si entonces buscó disfrazar de aquella manera un crimen a sangre fría, como otros tantos, que sumaron miles, no hay porqué no siga buscando treinta años después disfrazar otro con beatifica sonrisa de primer comulgante.

Masatepe, febrero 2008
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