Prosa Profana
MUCHO RUIDO Y POCAS PRECES
Sergio Ramírez
Vengo de una familia de protestantes de Masatepe por parte de mi madre, y los recuerdo más bien como gente discreta y callada, que odiaba aún los gritos de las discusiones, y ya no se diga los alborotos de los borrachos, abstemios como eran. A la muerte de mi abuelo Teófilo, mi abuela Luisa invirtió gran parte de la fortuna heredada en levantar un templo de cemento armado, de arquitectura moderna, cuya torre podía divisarse de lejos, para que no le fuera en zaga a la torre de la iglesia católica. Cuando a la hora del culto uno pasaba por la calle real, donde se había levantado el nuevo templo, los cantos en sordina apenas se escuchaban, y la voz del pastor era también suave, y persuasiva.
Oyendo de niño a mi abuela Luisa explicar su fe, entendí que el protestantismo de Lutero había nacido para eliminar toda intermediación entre los creyentes y el Padre, como llamaba siempre ella a Dios. Por la forma en que se comportaba aquella grey, quedaba claro que rezar y cantar sin alardes ni alborotos, era parte de esa comunicación directa con la divinidad. En eso no se diferenciaban de los pacíficos católicos que participaban en sus misas y rosarios con cantos lejanos aún a la gente que se paseaba enfrente, en el parque central, cantos que eran acompañados con una inofensiva música de armonio, y con los trémolos de violín de mis tíos los Ramírez, casi dibujados en el aire. Masatepe venía a ser una sucursal de la Arcadia.
Lo único temible a aquella paz eran las cargas cerradas con que cerraba la misa mayor del domingo de Trinidad, antes de la salida de la procesión del Cristo negro, patrono del pueblo. De acuerdo al bolsillo del mayordomo, esa carga cerrada constaba de más o menos bombas que rodeaban la manzana de la iglesia, y que a la hora del repique iban estallando hasta llegar a la última, no menor de cincuenta libras, supongo, detonaciones in crescendo que tensaban los nervios en espera de la última majestuosa explosión, capaz de descalabrar vasos y platos y, sobre todo, reventar los oídos.
Me ha extrañado, por tanto, que en la recién pasada discusión de la ley contra el ruido en la Asamblea Nacional, predicadores y pastores protestantes metido en política hayan hecho el ruido suficiente como para lograr que esa ley haga una arbitraria excepción de los cultos bajo techo, cualquiera que sea el número de decibeles con que eleven el volumen a sus parlantes. No hay duda que por demagogia, porque suponen que actuando en contrario se enemistarían con los votantes protestantes, los diputados del pacto se concertaron para enmendar el proyecto de ley y aprobar esta excepción, que a los ojos de cualquier neófito en asuntos de derecho es inconstitucional: todos los ciudadanos son iguales ante la ley; por tanto, no pueden crearse privilegios ni excepciones para ninguna iglesia, secta, o grupo religioso.
Des hace tiempos, mis aspiraciones de un benevolente fin de semana en mi pueblo se ven frustradas por el ruido infernal que viene de una casa de Dios a una cuadra de distancia de la mía. Alaban al Señor con música de rock ácido y duro, elevada a enésimos decibeles por las cajas de unos parlantes también diabólicos. ¿Qué tiene que ver esa barahúnda de discoteca con la fe? Tiene que ver más bien con la paz de los vecinos que ahora, obligados por otra ley del pacto, deberán resignarse al castigo del ruido. La tortura legalizada.
Masatepe, agosto 2005
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