Prosa Profana
NUESTRA EPIFANÍA

Igual que en tiempos de Augusto, que mandó levantar un censo en Palestina el mismo año del nacimiento de Cristo, en 1867, año del nacimiento de Rubén Darío, el gobierno del general Tomás Martínez hizo practicar otro. De este censo resultó la cuenta de que la población de Nicaragua era de 153.000 habitantes, la décima parte de los que tiene hoy la ciudad de Managua. El general Martínez, avergonzado de que fuéramos tan pocos, ordenó que el número se aumentara a 258.000, y así apareció en La Gaceta.

Poco para un territorio de cerca a los 100.000 kilómetros cuadrados, estando entonces la costa atlántica en poder de los ingleses; es decir, 1.5 habitantes por kilómetro cuadrado. La más grande ciudad de Nicaragua, que era León, la ciudad de Darío, tenía 15.000 habitantes, la mayor parte de ellos mulatos e indios mestizos, que seguían viviendo en los mismos barrios de tiempos de la colonia, mientras los criollos descendientes de los españoles, y los mestizos importantes ocupaban las manzanas del cuadro central de la ciudad, a lo largo de la calle real, y en las vecindades de la catedral.

La gran mayoría de los habitantes, dispersos en caseríos, comarcas y haciendas, vivía fuera de las ciudades notables como Granada, León y Masaya, y en su gran parte los adultos no sabían ni leer ni escribir, condición de analfabetismo que era casi total en el campo. El presupuesto destinado a la educación era de apenas 4.000 pesos.

La Universidad de León, donde se enseñaban aún teología al mismo tiempo que los textos liberales que habían entrado en aluvión tras las ordenanzas de Carlos III, revueltos todo con la letra de los códigos napoleónicos, no tenía más de 300 estudiantes, y de los 140 abogados que había entonces en todo el país, 90 de ellos estaban en León, igual que 60 de los 115 médicos, y 67 de los 120 curas. Periodistas que se declaraban como tales, sólo había 4.

Un país de simplicidad bíblica, según un testigo de entonces, el diplomático francés Pablo Levy, con una economía pastoril que parecía haberse despedido apenas del trueque; pero también un país dividido en tribus dispuestas a enfrentarse en guerra, y aún a pedir la intervención extranjera para ganar esas guerras, como hasta hacía poco.

Un país de la soledad, donde el hondo silencio de los llanos era interrumpido por los mugidos de las reses y los tiros de los fusiles de chispa en las endémicas guerras civiles; un país de poblados pobres escandalizados por el grito de algún borracho embriagado por el aguardiente que se vendía en los estancos fiscales, porque el monopolio del alcohol y el tabaco, y el impuesto por el destace de reses, componían todos los ingresos del gobierno.

Este país tan rural, de escasos periódicos, de casi nulas bibliotecas públicas, sin librerías, y por tanto de muy escasos lectores, es el que vio nacer a Rubén Darío, quien, años después, ya en toda su gloria, volvería a hallar los mismos “licenciados confianzudos, o ceremoniosos, y suficientes, los buenos coroneles negros e indios...”.

El país de paisajes amables, y de volcanes “rudos de antigüedad, graves de mito”, de “lagos de agua azul en los antiguos cráteres, así vastas tazas demetéricas como llenas de cielo liquido” y que el poeta recuerda con colores bucólicos, los colores de su infancia: Buey que vi en mi niñez echando vaho un día bajo el nicaragüense sol de encendidos oros...

Todo un milagro el nacimiento de Rubén. Una epifanía en aquel mes de enero en que aún brillaba en los cielos nicaragüenses la estrella de Belén.

Masatepe, enero 2005
www.sergioramirez.com