Sergio Ramírez

 

Prosa Profana
PLACERES DEL TERROR
Sergio Ramírez

La doctrina cristiana que recibí de niño trataba de obtener la rectitud de conducta a través de graves amenazas. Era una manera pedagógica, no hay duda. La figura que menos me inquietaba era la del ojo omnipresente de Dios que miraba desde un triángulo en el cielo, hacia cualquier sitio en que se estuviera cometiendo algún delito infantil: huir de la escuela, cortar una fruta de un árbol ajeno. El ojo divino pintado en aquel cartel de instrucción, del que nadie podía esconderse, era en todo caso una representación de la autoridad paterna que tampoco se descuidaba en vigilarme para evitar que cometiera cualquier desliz.

Pero las visiones del diablo y el infierno, del purgatorio y del limbo sí me aterraban, lo mismo que las del juicio final. Cuando el papa Juan Pablo II declaró que el infierno no era más que un estado del alma, y que sus llamas eternas entre las que se abrasaban los condenados venían a ser nada más una alegoría, me sentí frustrado. Y como consecuencia, tampoco existía el diablo colorado de cachos de toro, ojos de incendio y cola de mono, que venía a mis sueños infantiles entre deslumbres de azufre.

El infiernoTemía al infierno, pero también al purgatorio. Todas aquellas ánimas de los que habían muerto en pecado, y que debían cocinarse a fuego lento para poder purificarse, tenían en los cromos patéticas caras de sufrimiento y desesperación, las manos atadas con cadena alzándose entre las llamaradas, y así mismo entraban en mis sueños. Ánimas benditas del purgatorio, rezaba mi abuela, y yo me estremecía.

Y el limbo. Nunca me expliqué porqué unos niños inocentes tenía que ir a un lugar oscuro y vacío por toda la eternidad, sólo por el hecho de no haber sido bautizados, pero el hecho de que no pudiera explicármelo no los excluía de mis miedos. Ahora, una comisión de teólogos recomienda al papa Benedicto XVI que declare inexistente el limbo, como ya antes había dejado de existir el infierno, gracias a otro decreto papal. La lógica me dice que el purgatorio no tardará en seguir por ese camino de la desaparición.

El Juicio Final, Miguel AngelPero la corona de los horrores se la llevaba en mí el juicio final. Tanto me repitieron en aquellas sesiones de la doctrina que la señal de que el juicio empezaba la daría la trompeta del arcángel Gabriel, que no pocas veces desperté a los clamores de aquella trompeta que congregaba a los justos de un lado, y a los malvados del otro, estuvieran vivos o muertos, diferencia esta última que tendría para ese día nula importancia. No me preocupaba de qué lado me iba a hallar yo, sino el hecho mismo. El hecho de que fuera a llegar el fin del mundo entre formidables cataclismos, y que aquel ojo supremo que me vigilaba de manera paternal, fuera a aparecer, en el cielo que se abría, encarnado en la figura iracunda de Dios padre sentado en su trono celestial.

La nostalgia con que recuerdo aquellos despertares, temblando en la cama, me dicen que hay un gusto por el miedo, y también por el recuerdo del miedo. Aquellas imágenes viven en mí, bien resguardadas, a salvo del olvido. Son parte de mi infancia, y seguramente cumplieron con sus cometidos pedagógicos, imprimiendo en mi alma el disgusto por el pecado junto con la atracción por el pecado, de la misma manera que uno se asoma, fascinado, a un abismo lleno de tinieblas.

Es probable también que el juicio final venga un día a ser explicado también como una alegoría, y que aquella sonora trompeta pase a ser sólo una representación imaginativa. Pero el susto, y el gusto, ya nadie me los quita.

Masatepe, febrero 2005
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