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Prosa Profana |
La doctrina cristiana que recibí de niño trataba de obtener la rectitud de conducta a través de graves amenazas. Era una manera pedagógica, no hay duda. La figura que menos me inquietaba era la del ojo omnipresente de Dios que miraba desde un triángulo en el cielo, hacia cualquier sitio en que se estuviera cometiendo algún delito infantil: huir de la escuela, cortar una fruta de un árbol ajeno. El ojo divino pintado en aquel cartel de instrucción, del que nadie podía esconderse, era en todo caso una representación de la autoridad paterna que tampoco se descuidaba en vigilarme para evitar que cometiera cualquier desliz.
Y el limbo. Nunca me expliqué porqué unos niños inocentes tenía que ir a un lugar oscuro y vacío por toda la eternidad, sólo por el hecho de no haber sido bautizados, pero el hecho de que no pudiera explicármelo no los excluía de mis miedos. Ahora, una comisión de teólogos recomienda al papa Benedicto XVI que declare inexistente el limbo, como ya antes había dejado de existir el infierno, gracias a otro decreto papal. La lógica me dice que el purgatorio no tardará en seguir por ese camino de la desaparición.
La nostalgia con que recuerdo aquellos despertares, temblando en la cama, me dicen que hay un gusto por el miedo, y también por el recuerdo del miedo. Aquellas imágenes viven en mí, bien resguardadas, a salvo del olvido. Son parte de mi infancia, y seguramente cumplieron con sus cometidos pedagógicos, imprimiendo en mi alma el disgusto por el pecado junto con la atracción por el pecado, de la misma manera que uno se asoma, fascinado, a un abismo lleno de tinieblas. Es probable también que el juicio final venga un día a ser explicado también como una alegoría, y que aquella sonora trompeta pase a ser sólo una representación imaginativa. Pero el susto, y el gusto, ya nadie me los quita. Masatepe, febrero 2005 |