Prosa Profana

Que siga la fiesta

El aire frío de esta primavera poco amistosa parece oler al cuero de las bolas de futbol, cuyas imágenes están por todas partes en Berlín, empezando por la esfera de la gigantesca antena de televisión, que ha sido pintada en rombos para que parezca eso, una bola suspendida entre cielo y tierra. Las tiendas de turistas de la Unter den Linden, la avenida de los palacios de la antigua Alemania imperial, han sacado a las aceras los exhibidores donde se ofrecen las camisetas de los equipos del Mundial, y se confunden las banderas de los países participantes, también en venta.

Frente a la Puerta de Brandeburgo, símbolo de la vieja frontera entre Berlín Oriental y Berlín Occidental por donde antes pasaba el muro, los obreros se afanan en armar una enorme pantalla de televisión para que los juegos puedan verse al aire libre. Las habrá también en diversos puntos de la ciudad, en la Alexander Platz , en la Postdamer Platz. Y frente al Reichtag, el edificio del parlamento incendiado un día por los nazis, y ahora rehabilitado, se dan los últimos toques a una estructura que es la réplica del estadio Olímpico de Berlín, a menor escala, cuartel de operaciones de una empresa productora de artículos deportivos, y que presentará allí, después de los partidos, a las estrellas de este circo colosal de varias pistas. El Mundial.

Todo en Berlín tiene hoy dimensiones colosales. Muy cerca del edificio ultramoderno, estrenado hace pocos años, que alberga la Cancillería Federal , la jefatura de gobierno de Alemania, acaba de inaugurase la Estación Central Ferroviaria que es otra obra descomunal de la arquitectura del siglo XXI, acero y cristal que deja transparentar los trenes que cruzan por las vías a varios niveles de manera que, de pronto, la figura aerodinámica del tren de alta velocidad aparece en el cuarto piso, como suspendida también entre el cielo y la tierra.

Una estación construida a toda máquina para que estuviera lista antes de que sonara el silbato abriendo el primer partido del Mundial. Algunos amigos alemanes se quejan de los excesivos gastos y del desperdicio de recursos. En Munich, donde he estado después, una supercarretera acaba de ser inaugurada también para conectar con el nuevo estadio de futbol, otra maravilla de arquitectura que cuesta decenas de millones de euros, como los demás estadios que han sido recién construidos o refaccionados en todo el país para ser escenarios de los partidos.

Pero Alemania no quiere quedarse en la imagen de que esta fiesta se trata nada más de un asunto de patadas. Bajo el lema Alemania, país de ideas, por todo Berlín se alzan hermosas esculturas de superficies plateadas, también a gran escala, que representan los aportes contemporáneos del país a la civilización: frente a la estación central, un par de zapatos de tacos, invento que revolucionó al futbol. Frente a la plaza de la Unter den Linden donde los nazis quemaron libros, otra escultura que representa una pila de volúmenes que tienen en sus lomos los nombres de Goethe, Schiller, Bertolt Brech, Thomas Mann, Henrich Böll, Günter Grass…Estupenda selección nacional.

Y también esculturas que recuerdan la invención de la imprenta, de la aspirina, de la televisión a colores, del automóvil, la computadora, reclamados como inventos alemanes. Lo cual nos hace imaginar a Gütemberg, el inventor de la imprenta, vistiendo el uniforme de su selección, un centro delantero para todos los tiempos.

Madrid, junio 2006
www.sergioramirez.com