Prosa Profana

Todos los libros del mundo
Microsoft va a digitalizar veinticinco millones de páginas de la Biblioteca Británica , que quedarán también a la orden del lector. La Biblioteca Cervantes tiene ya centenares de libros de la literatura en español que pueden leerse en pantalla, y también bajarse, guardarse e imprimirse, enteros o por capítulos, a gusto del cliente. Y también son gratuitos. Con los libros que han pasado al dominio público no hay problema. Pero Google enfrenta ahora un juicio de derechos de autor de parte de decenas de editoriales cuyos libros forman parte de los fondos de las bibliotecas trasladadas a los estantes digitales. Por eso, Amazon , que vende libros por correo, ha empezado a ofrecer por Internet páginas o capítulos de esos libros, pero bajo pago; así se supone que nadie saldrá perjudicado, ni el autor, ni el editor, ni el librero. Si uno puede pasearse por las salas de los museos del mundo sin salir de su casa, también podrá pasearse de la misma manera por los corredores de inmensas bibliotecas, para leer sin pagar, y por los pasillos de no menos inmensas librerías, para leer pagando. Podrá leer a Cervantes, a Quevedo y a Rubén Darío sin pagar, porque más allá de cincuenta años después de la muerte de un autor, no hay derechos que cobrar. Y si quiere pagar, podrá meter en los archivos de su computadora a Toni Morrison , o a Bryce Echenique. Y aún si su gusto va dirigido hacia los libros de Pablo Coelho. Todo aquel que sea dueño de una computadora, o tenga acceso a ella en su colegio, en su universidad, en su trabajo, no tiene ya ninguna excusa para alegar que no lee porque los libros nunca están a mano, dado que las bibliotecas locales siempre están desprovistas, o los libros en las librerías son demasiado caros. Todo esto, si una máquina del tiempo nos permitiera una entrevista con Gütemberg , no se lo podríamos explicar nunca. Sin embargo, si a alguien lo agarró la edad adulta sin haber adquirido el hábito, o el vicio, de la lectura, difícil será que se vuelva lector cibernético. Pero que, por favor, lo intente. Distinto es con los adolescentes, y con los jóvenes que gastan horas frente a la pantalla de la computadora. ¿Serán capaces de dejar por un rato los chats, para poner en la pantalla algo del Quijote? Si alguien me dice que es muy aburrido, le recomiendo el capítulo vigésimo sexto de la primera parte, en donde don Quijote se queda en la Sierra Morena haciendo penitencias de caballero andante, dándose volantines con las nalgas al aire, mientras despacha a Sancho para que lleve un recado de amor a la sin par Dulcinea del Toboso. Les garantizo que van a reírse. ¿Y los libros de verdad? Es decir, esos que uno toca, acaricia, abre, huele para disfrutar del aroma de la tinta y el papel, ¿qué será de ellos? ¿Llegará el día en que no los veremos más? Dichosamente, falta para ese día. Y falta también para el día en que podremos andar por la calle, no con un libro bajo el brazo, sino con una pizarra de cuarzo donde podremos leer al autor que queramos. Masatepe, diciembre 2005 |