Prosa Profana
Sergio Ramírez

UN SANDWICH Y UN VASO DE LECHE
Sergio Ramírez

El Capi Agustín PríoEl Capitán Agustín Prío era como lo describo de entrada en mi novela Margarita está linda la mar , pequeño de estatura y diligente de paso, siempre el cigarrillo prendido a los labios y atento desde detrás de la caja registradora al movimiento de los clientes en su establecimiento de dos pisos que daba al parque Jerez, cordial y reflexivo, pronto a contar una historia o a prodigar una filosofía, solidario con los bebedores hasta la caridad, porque nunca dejaba a nadie padecer de sed sino tenía con qué pagar los nepentes —palabra del modernismo dariano preferida suya—, la gran parte de sus parroquianos estudiantes sin fortuna que a lo mejor se presentaban a las puertas ya cerradas de la Casa Prío a altas horas de la noche, cuando ya se habían gastado en otras cantinas lo poco que habían podido juntar, y el Capitán les abría lleno de misericordia, “aviones destartalados”, los llamaba, y la Casa Prío era como una pista de aterrizaje de emergencia, y no sólo les abría y les servía, sino que se sentaba con ellos hasta el amanecer, ansioso de plática, como si la manera de curarse él mismo de la soledad fuera auxiliando borrachos descarriados.

Fue mi personaje preferido en Castigo Divino y en Margarita …y mi personaje preferido de la vida leonesa, del León de verdad en el que viví lo mejor de mi adolescencia como estudiante, y del que inventé en mis novelas, en las que el Capitán es infaltable. Un personaje que iba y venía con gracia de la realidad a la ficción, y aceptaba los papeles que yo le daba a manera de director de cine, y se hacía cargo de esos papeles tanto dentro como fuera de las páginas de los libros, y daba entrevistas como personaje, volviendo a contar las historias de la novela con toda propiedad, y si no es porque la Casa Prío había sido destruida por un incendio que se llevó media manzana durante la insurrección de 1979, se hubiera sentido muy a gusto mostrando a los visitantes la vieja mesa maldita donde se sentaban los conjurados del doctor Salmerón a calcular los pasos criminales de Oliverio Castañeda, y donde más tarde se sentaría Rigoberto López Pérez antes de dirigirse al Club de Artesanos a matar a tiros al viejo Somoza.

l antiguo edificio de Casa Prío, ubicado en la esquina opuesta de la comuna leonesa. JOSÉ LUIS GONZÁLEZ / ENDLa Casa Prío volvió a establecerse a pocas cuadras de su lugar original, más disminuida y con menos gloria, y por allí pasaba visitando al Capitán en mis viajes a León. Ya no estaban las mesas de café vienés con sus sobres de mármol, ni las silletas estilizadas, pero siempre servía los helados de fruta con panatelas que habían hecho famoso al establecimiento desde los tiempos en que en sus altos se había alojado Rubén Darío cuando su viaje triunfal a Nicaragua y cuando había recibido allí, en las penumbras doradas de su aposento, a la neurasténica Eulalia para hacerla su amante. Siempre me recordaba durante esas visitas que en aquellos tiempos yo no bebía siquiera una cerveza y sólo pedía cada noche, cuando regresaba a mi pieza de estudiante de la calle real después de la visita de novios a Tulita, un vaso de leche con canela y un sándwich de queso derretido, rigurosa verdad que repitió en una de sus últimas entrevistas, y que me deja como el peor de los abstemios entre aquella turba de beodos —otra palabra preferida suya— que llegaba cada noche pidiendo a la torre de control aterrizaje de emergencia.

En una carpeta de fuelle guardaba los vales que sucesivas generaciones de bebedores habían ido dejando firmados, Rubén Darío uno de ellos, y si estaban allí, en aquel archivo histórico, es porque nunca habían sido pagados, y el Capitán Prío me juraba que había entre ellos uno firmado por mí, que nunca me mostró. Pero es mi personaje entrañable, y debo creerle. Soy entonces en deberle un vaso de leche y un sándwich, Capitán.

Masatepe, noviembre 2007
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