UN VIENTO DE ESPÍRITUS

Sergio Ramírez

 

                                             

            La nostalgia por los años de aquella revista Ventana nunca deja de ser ardiente en mi cabeza, no en balde a los diecisiete años que uno tiene cuando decide ser escritor, la vida no se agota nunca ni en la acción, ni en las palabras, que tantas veces parecen una prolongación de la acción. Discutíamos, escribíamos, dialogábamos. Teníamos en la Generación Traicionada nuestro contrapunto, ambos grupos literarios formados por adolescentes ansiosos, impertinentes, iconoclastas, y sobre todo inconformes con el país, y con el mundo que habíamos heredado. Fue una empresa de aquellos años sesenta del ya lejano siglo XX, cuando todo se puso en cuestión, y nacieron de allí los sueños más disparatados y las esperanzas más terribles.

            Fernando Gordillo y yo nos metíamos al pequeño taller en León, donde se editaba la revista, la Editorial Antorcha, y lo primero que hacíamos era jugar con la tipografía, que es la primera manera de conectarse con el arte cuando se trata de romper moldes. Para nosotros era como entrar a una de esas imprentas que Balzac describe en sus novelas, porque los cajistas, con el torso desnudo, recogían a mano, con velocidad pasmosa, los tipos sueltos de los chibaletes para formar las galeradas, leyendo al revés, y nosotros los desconcertábamos metiendo mano en la armada de la plana, con tacos de madera para dar color, desempolvando viejos tipos en desuso, alineando las letras de manera vertical. Subvirtiendo su rutina.

            Experimentar en todo, pero además, abrirse a todo. Revisando esas mismas páginas me encuentro,  feliz ahora al comprobarlo, que dimos siempre cabida a todos, que no censuramos nunca a nadie, menos a nuestros adversarios literarios, por diferencias de opinión, y que los que exigíamos era calidad y novedad, porque en esto de la calidad y la novedad teníamos dos buenos maestros, que eran Mariano Fiallos Gil y Pablo Antonio Cuadra.

            En Ventana se publicó, por primera vez de nuevo en muchos años, todo el poemario El Soldado Desconocido de Salomón de la Selva, un hito de nuestra literatura. La puesta en el sepulcro de Carlos Martínez Rivas. La primicia de Getsemaní, Kentucky, los poemas trapenses  de Ernesto Cardenal. Una traducción hecha por Fernando Gordillo de la entrevista que el Paris Review le hizo a William Faulkner, y que publicamos en conmemoración de su muerte. Una antología de poemas de Saint John Perse, cuando ganó el premio Nóbel de literatura. El poema Aullido de Allen Ginsberg, emblemático de la generación beatnik.

            Y los primeros poemas de Beltrán Morales, Michéle Najlis, Julio Cabrales, y los de nuestros contendientes de la Generación Traicionada,. Edwin Yllescas, Iván Uriarte, Roberto Cuadra, y mis primeros cuentos, y los de Fernando Gordillo. Una pequeña revista de veinticuatro páginas en humilde papel periódico, la ventana a través de la que nos asomábamos a la literatura y a la vida con inmensas ganar de ver, y de ser vistos.       

Desde entonces, aprendí que la literatura es el más serio de los oficios, y que sólo se entra en ella cuando la pasión nos domina. Y desde entonces, también, aquel mismo viento de espíritus pasa muy lejos, desde mi ventana.

 

Masatepe, agosto 2004.

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