UN
VIENTO DE ESPÍRITUS
La nostalgia por los años de aquella revista Ventana nunca
deja de ser ardiente en mi cabeza, no en balde a los diecisiete años que uno
tiene cuando decide ser escritor, la vida no se agota nunca ni en la acción,
ni en las palabras, que tantas veces parecen una prolongación de la acción.
Discutíamos, escribíamos, dialogábamos. Teníamos en la Generación Traicionada
nuestro contrapunto, ambos grupos literarios formados por adolescentes ansiosos,
impertinentes, iconoclastas, y sobre todo inconformes con el país, y con el
mundo que habíamos heredado. Fue una empresa de aquellos años sesenta del
ya lejano siglo XX, cuando todo se puso en cuestión, y nacieron de allí los
sueños más disparatados y las esperanzas más terribles.
Fernando Gordillo y yo nos metíamos al pequeño taller en
León, donde se editaba la revista, la Editorial Antorcha, y lo primero que
hacíamos era jugar con la tipografía, que es la primera manera de conectarse
con el arte cuando se trata de romper moldes. Para nosotros era como entrar
a una de esas imprentas que Balzac describe en sus novelas, porque los cajistas,
con el torso desnudo, recogían a mano, con velocidad pasmosa, los tipos sueltos
de los chibaletes para formar las galeradas, leyendo al revés, y nosotros
los desconcertábamos metiendo mano en la armada de la plana, con tacos de
madera para dar color, desempolvando viejos tipos en desuso, alineando las
letras de manera vertical. Subvirtiendo su rutina.
Experimentar en todo, pero además, abrirse a todo. Revisando
esas mismas páginas me encuentro, feliz ahora al comprobarlo, que dimos
siempre cabida a todos, que no censuramos nunca a nadie, menos a nuestros
adversarios literarios, por diferencias de opinión, y que los que exigíamos
era calidad y novedad, porque en esto de la calidad y la novedad teníamos
dos buenos maestros, que eran Mariano Fiallos Gil y Pablo Antonio Cuadra.
En Ventana se publicó, por primera vez de nuevo en muchos
años, todo el poemario El Soldado Desconocido
de Salomón de la Selva, un hito de nuestra literatura. La puesta en el sepulcro de Carlos Martínez
Rivas. La primicia de Getsemaní, Kentucky,
los poemas trapenses de Ernesto Cardenal.
Una traducción hecha por Fernando Gordillo de la entrevista que el Paris Review le hizo a William Faulkner,
y que publicamos en conmemoración de su muerte. Una antología de poemas de
Saint John Perse, cuando ganó el premio Nóbel de literatura. El poema Aullido de Allen Ginsberg, emblemático
de la generación beatnik.
Y los primeros poemas de Beltrán Morales, Michéle Najlis,
Julio Cabrales, y los de nuestros contendientes de la Generación Traicionada,. Edwin Yllescas, Iván Uriarte, Roberto Cuadra, y mis primeros
cuentos, y los de Fernando Gordillo. Una pequeña revista de veinticuatro páginas
en humilde papel periódico, la ventana a través de la que nos asomábamos a
la literatura y a la vida con inmensas ganar de ver, y de ser vistos.
Desde entonces, aprendí
que la literatura es el más serio de los oficios, y que sólo se entra en ella
cuando la pasión nos domina. Y desde entonces, también, aquel mismo viento
de espíritus pasa muy lejos, desde mi ventana.
Masatepe,
agosto 2004.
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