Prosa Profana

UNOS MÁS QUE OTROS

Sergio Ramírez

Las últimas noticias de la ciencia confirman ya sin ninguna duda que los seres humanos venimos del mono, como lo aseguró Darwin en el siglo XIX. Y venimos, más precisamente, del chimpancé, que nos ha parecido siempre el más gracioso de los simios, y nos reímos de sus payasadas como si nada tuviéramos que ver con él. Él de aquel lado de las rejas de la jaula, y nosotros tranquilos y seguros de este otro.

De acuerdo a un exhaustivo estudio comparativo entre el genoma del chimpancé y el genoma humano, desarrollado por un consorcio científico de seis países, el 95% de la secuencia básica del ADN es exactamente igual en ambos especimenes, con lo que debemos aceptar que solamente un magro 5% no tenemos de mono en nuestra naturaleza. Si Darwin viviera, se sentiría más que recompensado al saber de estas comprobaciones, pues las pasó bastante amargas en aquellos tiempos.

Su afirmación despertó entonces grandes inquinas religiosas, pues era rechazada como una herejía. Siguió siendo herejía, aún en el siglo XX, pues fue famoso el juicio que se abrió en el sur de Estados Unidos contra un profesor que se había atrevido a explicar a sus alumnos la teoría darviniana de la evolución. Y aún hoy lo es hoy día, en lo que se llama “el cinturón de la Biblia” en el mismo sur de los Estados Unidos, donde las iglesias fundamentalistas se siguen negando a aceptar nuestra ilustre genealogía.

La comprobación de que venimos del mono, y guardamos no pocos parecidos con él, sacude la certeza de viejas imágenes que guardamos en nuestra memoria. Por ejemplo, quien se comió la manzana prohibida en el Edén no fue una Eva parecida a la Venus de Boticcelli, sino otra bastante más peluda; y los rasgos de Adán, lejos de igualarse a los del David de Miguel Ángel, fueron muy distintos, la quijada más pronunciada, la frente más estrecha, la nariz más chata, y a lo mejor con algún rasgo de cola todavía, al final de la columna vertebral. Era cuando el mono se volvió homus erectus , o sea, que se enderezó sobre sus pies.

Lo único que bien se explica a la luz de este descubrimiento, es que Caían haya asesinado a Abel. Un primate celoso y rencoroso en la antigua noche de los tiempos, descargando su furia contra su hermano, cuando ya el entendimiento se abría camino en el cerebro de ambos, un cerebro de mono hasta hacía poco. De acuerdo con las mismas investigaciones, el cerebro del chimpancé y el cerebro humano tienen la misma conformación. Porqué solos nosotros tenemos el don de pensar, es un misterio que el examen de la cadena ADN no resuelve; una carencia que dejó a los monos libres del trágico vicio del poder, del amor desmedido por el dinero, y de la capacidad para el engaño y la traición.

También son nuestros antepasados los gorilas, dicen estos científicos, aunque en una etapa anterior de la evolución de la especie. Pero los genes del gorila son más patentes en algunos seres, como son patentes los de chimpancé en otros; al fin y al cabo, las bendiciones de la herencia nunca son repartidas por igual. Cuántos gorilas no hemos padecido, encumbrados en el poder, y cuantos chimpancés graciosos que celebran siempre a los gorilas no hemos tenido que soportar.

Gorilas que nos amenazan con ojos siniestros, que lo aplastan todo bajo sus patas, que se golpean el pecho con ambos puños mientras dan alaridos, y chimpancés que ejecutan la voluntad suprema del gorila al pie de la letra. A esos no les falta nada en la cadena genética. Son chimpancés y gorilas cien por ciento

París, septiembre 2005
www.sergioramirez.com