Prosa
Profana
VUELTAS
A LA PLAZA

Las plazas de las ciudades latinoamericanas son en todo
sentido un lugar de encuentro. De encuentro de culturas, de donde viene su
origen, y de encuentro ciudadano. Los conquistadores españoles se hallaron con
los anchos espacios arbolados donde se celebraban los días de mercado, el
tiangue de la cultura náhuatl, un espacio que estaba vedado a los hombres, que
eran corridos a pedradas por las mujeres si osaban acercarse; de allí heredamos
la palabra placera.
Alrededor de ese
nuevo espacio abierto y central, memoria también de la plaza mayor de las
ciudades castellanas, fue que confluyeron las calles tiradas a cordel de las
nuevas fundaciones. En su entorno se erigieron los edificios que significaban
el poder colonial: la iglesia, la casa episcopal, el cuartel, el cabildo, a
veces los colegios mayores y universidades, la casa de gobierno, el palacio presidencial. El de Quito es el
único que, de cara a la plaza, aloja en su primer piso tiendas varias, una
mercería, una farmacia, una barbería, extraños restos de algún cataclismo
democrático.
Y como eran
símbolos de poder, en las plazas se ponía la picota para los castigos
infamantes, a pleno sol, y se celebraban las ejecuciones, decapitación, o
garrote vil. Cuando se dieron las luchas por la independencia, y durante el
curso de las sucesivas guerras civiles, tener la plaza era el símbolo del
dominio militar sobre una ciudad. Las fuerzas contendientes se disputaban la
plaza, y para defenderla, o atacarla, se cañoneaban e incendiaban las manzanas
vecinas. La ciudad podía quedar reducida a cenizas, pero era necesario llegar a
la plaza, aunque sólo para conquistar escombros.
La república
vino a surgir alrededor de
Desde las
ventanas del palacio los caudillos escuchaban las descargas de los pelotones de
fusilamiento que silenciaban a sus enemigos. Y la plaza sería el escenario de consagración de ellos mismos
como próceres, o de sus enemigos victoriosos, cuando sus monumentos y estatuas
se alzaron allí mismo, de espaldas a las catedrales si es que habían sido
masones, como sucede con la estatua del general Máximo Jerez. Por fin, la plaza
fue el sitio donde culminaban las marchas de protesta, y donde los políticos
demostraban su fuerza si podían llenarla de partidarios, como enseña la
historia de la plaza de la República en Managua.
Pero la plaza
tiene otras cualidades en los pueblos como Masatepe. Son los parques, espacios
de convivencia, y de paseo dominical. Los apacibles callejones sombreados van a
dar al quiosco de las viejas retretas, y sus arrietes están sembrados de
árboles frondosos. Mi padre, que vivía frente al parque y allí tenía su tienda
de abarrotes, disfrutaba de la ventana que era su espléndido mirador a toda
hora, porque allí ocurría todo. Del atrio de la iglesia bajaban los entierros y
las bodas, las procesiones de semana santa, las rogativas cuando no llovía o el
suelo temblaba. Siempre lo recuerdo en el marco de esa ventana, como en una
foto ya sin tiempo.
Los Ángeles, junio 2005.
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