Prosa Profana

VUELTAS A LA PLAZA

Sergio Ramírez

 

        Iglesia San Juan Bautista, Plaza principal, Masatepe, Nicaragua

Las plazas de las ciudades latinoamericanas son en todo sentido un lugar de encuentro. De encuentro de culturas, de donde viene su origen, y de encuentro ciudadano. Los conquistadores españoles se hallaron con los anchos espacios arbolados donde se celebraban los días de mercado, el tiangue de la cultura náhuatl, un espacio que estaba vedado a los hombres, que eran corridos a pedradas por las mujeres si osaban acercarse; de allí heredamos la palabra placera.

Alrededor de ese nuevo espacio abierto y central, memoria también de la plaza mayor de las ciudades castellanas, fue que confluyeron las calles tiradas a cordel de las nuevas fundaciones. En su entorno se erigieron los edificios que significaban el poder colonial: la iglesia, la casa episcopal, el cuartel, el cabildo, a veces los colegios mayores y universidades, la casa de gobierno,  el palacio presidencial. El de Quito es el único que, de cara a la plaza, aloja en su primer piso tiendas varias, una mercería, una farmacia, una barbería, extraños restos de algún cataclismo democrático.

Y como eran símbolos de poder, en las plazas se ponía la picota para los castigos infamantes, a pleno sol, y se celebraban las ejecuciones, decapitación, o garrote vil. Cuando se dieron las luchas por la independencia, y durante el curso de las sucesivas guerras civiles, tener la plaza era el símbolo del dominio militar sobre una ciudad. Las fuerzas contendientes se disputaban la plaza, y para defenderla, o atacarla, se cañoneaban e incendiaban las manzanas vecinas. La ciudad podía quedar reducida a cenizas, pero era necesario llegar a la plaza, aunque sólo para conquistar escombros.

La república vino a surgir alrededor de la plaza. Las ceremonias católicas, procesiones y peregrinaciones siguieron dándose en su ámbito, a pesar de las disputas entre liberales masónicos y conservadores clericales, y así mismo las proclamas, las juramentaciones de funcionarios, los desfiles militares. Los presidentes, en el día de su juramentación, atravesaban la plaza desde el palacio de gobierno para oír misa de acción de gracias en la catedral.

Desde las ventanas del palacio los caudillos escuchaban las descargas de los pelotones de fusilamiento que silenciaban a sus enemigos. Y la plaza sería  el escenario de consagración de ellos mismos como próceres, o de sus enemigos victoriosos, cuando sus monumentos y estatuas se alzaron allí mismo, de espaldas a las catedrales si es que habían sido masones, como sucede con la estatua del general Máximo Jerez. Por fin, la plaza fue el sitio donde culminaban las marchas de protesta, y donde los políticos demostraban su fuerza si podían llenarla de partidarios, como enseña la historia de la plaza de la República en Managua.

Pero la plaza tiene otras cualidades en los pueblos como Masatepe. Son los parques, espacios de convivencia, y de paseo dominical. Los apacibles callejones sombreados van a dar al quiosco de las viejas retretas, y sus arrietes están sembrados de árboles frondosos. Mi padre, que vivía frente al parque y allí tenía su tienda de abarrotes, disfrutaba de la ventana que era su espléndido mirador a toda hora, porque allí ocurría todo. Del atrio de la iglesia bajaban los entierros y las bodas, las procesiones de semana santa, las rogativas cuando no llovía o el suelo temblaba. Siempre lo recuerdo en el marco de esa ventana, como en una foto ya sin tiempo.

 

Los Ángeles, junio 2005.

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