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Quizás el primer recuerdo de mi vida viene a ser éste: es una mañana de mucho sol, y de silencio, como son las mañanas de Masatepe. Lejos, golpea el martillo de un carpintero. En el corredor de la casa la Mercedes Alvarado la inolvidable Mercedes Alborada que está en Un baile de máscaras me alza de la batea donde me ha bañado, y me deposita sobre la tapa de la máquina de coser. Me seca y me envuelve en una sábana, y mientras se va a botar el agua jabonosa sobre las plantas del patio donde andan las gallinas, me advierte que no me toque. Yo pienso que puedo engañarla, y clavo un dedo en la sábana para que quede realzada la forma del dedo, y le digo que venga a ver mi dedo, no me estoy tocando. Sí, te estás tocando, a mí no me vas a engañar me dice ella, con falso enfado. Pero mientras se acerca veo que una imagen suya, más débil, comienza a desprenderse hacia un lado desde la principal, y luego la estoy viendo dos veces. Veo dos veces su trenza gorda y brillante que cae a un lado de su cuello. Así recordaré a partir de entonces las imágenes de las personas y de las cosas, y no me causa ninguna extrañeza. Ver doble es lo natural para mí, y no sé que no se pueda ver de otra manera. No fue hasta mis diez años que la Mercedes Alvarado descubrió que yo no veía bien con mi ojo izquierdo porque me golpeaba con los obstáculos al caminar, y se lo advirtió a mi madre. Nadie había hecho cuentas de que un niño bizco, como yo era, podía tener defectos serios en la visión. Se burlaban de mí los otros niños, por lo de bizco, asunto que entró en la costumbre del trato en la escuela, y en la sustancia de mis silencios retraídos. Uno era renco por la poliomielitis; había otro que tenía una nube en el ojo. Yo era bizco. Alarmados, me llevaron a Managua a una consulta con el doctor Fernando Agüero, el oculista más reconocido del país. Me diagnosticó un daño congénito en el ojo izquierdo, que tenía una estructura diferente, sacándolos de su falsa creencia de que me había quedado bizco al año de nacido a consecuencia de la debilidad provocada por una diarrea. A mí no se me había ocurrido antes taparme el ojo derecho para comprobar la visión del izquierdo, como el doctor Agüero lo había hecho al examinarme; pero ahora podía darme cuenta de que si veía las formas y los colores, no podía distinguir bien los rostros, y mucho menos leer, porque las letras aparecían en un amasijo de contornos brillantes, ni orientarme con seguridad al caminar. Y aunque era imposible recuperar nada de la visión, me mandó usar anteojos con los que volví a Masatepe envanecido. Eran unos anteojos de los que sólo el lente que correspondía al ojo enfermo era de aumento, y que una vez, jugando basquetbol en la calle al lado de la Casa de Gobierno, dejé abandonados en el alféizar de una de las ventanas, y se me robaron. Era muy cerca ya de la Navidad, y mi padre resolvió que reponer los anteojos equivalía a mi regalo, por lo que me quedé sin juguete. Quizás nunca he llorado tan amargamente. Debía, además, taparme una hora diaria con un parche prensado al anteojo el ojo sano, para que el otro recuperara su eje, cosa que logré bastante; aunque hasta hoy, muchas veces, ese ojo se desvía por su cuenta, y aparezco delante de la gente, o en las fotos, como si me estuviera durmiendo. O como es muy propio en los políticos, haciéndome el dormido. Si el mundo de la doble imagen pasó a ser natural en mi vida, nunca podré saber cómo es el mundo real de la tercera dimensión, para todos los que pueden sobreimponer la visión de ambos ojos. Seguramente mi cerebro creó desde el principio un atajo para suplir el defecto, porque siempre he tenido la sensación de mirar a profundidad, y las cosas con sus volúmenes, lo cual viene a ser el trabajo de mi ojo único útil que crea así una ilusión por la fuerza de la necesidad. Como muchas de las ilusiones en la vida, que resultan de la necesidad. O las ilusiones que suele crear el escritor, que sólo tienen sustancia porque él lo quiere. Pero nunca olvido que cuando se estrenaron las famosas películas en tercera dimensión, que mi tío Angel, dueño del cine, llevó a Masatepe, yo me quedaba fuera de las sensaciones que despertaban y que provocaban gritos de temor y asombro ¾ cataratas bullentes, barriles que rodaban fuera de la pantalla, cuchillos lanzados en dirección del público¾ porque se necesitaba el trabajo de ambos ojos, cubiertos con los anteojos rojo y verde provistos a los espectadores, para juntar las tres impresiones ligeramente superpuestas en cada cuadro, lo mismo que me pasa hoy con las holografías. Ser bizco contribuyó al carácter retraído que tuve desde entonces; y uno no sabe cuánto esos exilios de la infancia van llenando desde el principio la atmósfera del escritor. Es lo que Cervantes convoca en Don Quijote bajo el nombre de melancolía. Pero no era por lo único que me zaherían. Tampoco me ayudó que a los doce años, ya había crecido en toda mi estatura, y ser tan alto para los de mi edad me apartaba forzosamente de ellos, y me ligaba a otros muchachos mayores, con pláticas e intereses diferentes. Es cuando un niño de anteojos, y además zancón, empieza a aparecer ante los demás como un adulto precoz. Y cuando se trató de aprender a bailar, las muchachas me rechazaban en las fiestas, por demasiado alto, de manera que el baile pasó a ser uno de mis terrores; y porque no creo que bailar hubiera estado entre mis habilidades naturales. Participaba en la organización de las fiestas estudiantiles, pero cuando iba a empezar el set bailable, me encerraba a revisar las cuentas de la recaudación. Pero peor aún. Debido a que mi madre depósito mi instrucción primaria en una sola maestra, la niña Esther Sánchez, en la que confiaba a ciegas, y ella daba clases en la Escuela Superior de Niñas "Zoila", allí fui a dar desde el primero al cuarto grado junto con un pequeño grupo de escogidos. Era una situación inaudita. La niña Esther se desplazaba con nosotros tras cada año aprobado, lo cual debía costarle muchas gestiones con la directora de la escuela, que ya tenía suficiente con la concesión de admitirnos allí; ocupábamos los asientos de la primera fila en el aula, y en el recreo debíamos permanecer segregados de las mujeres, bajo las burlas de ellas, y las burlas de los alumnos de la escuela de varones en la calle. Lo peor ocurría en los desfiles escolares, cuando debíamos marchar en un pelotón delantero, custodiando la bandera para disfrazar en algo el ridículo. Pero la niña Esther era en realidad una excelente maestra, enérgica, metódica y paciente, que me enseñó antes que nada, llevándome ella misma la mano, a escribir con una hermosa letra Spencer. Bondadosa, y de mal carácter a la vez, se desgañitaba enseñando la lección, y también regañando, al grado de tensársele las cuerdas vocales. Su rostro se teñía entonces de un color de grana. A veces, con el esfuerzo, se le zafaba la quijada, con lo que se suspendían las clases y salíamos en desbandada, celebrando alegremente el accidente. Antes, a los tres años había entrado en el Kindergarten del Colegio María Auxiliadora, de las monjas salesianas, levantado en los años treinta en las cercanías del cementerio. Era una gran construcción de una manzana, de ventanas ojivales dobles, con salón de actos públicos, donde también se representaban veladas, y una capilla. Tenía un internado numeroso y aceptaba también alumnas externas, con uniformes diferentes. Mi hermana Luisa estudió allí toda su primaria. Las internas salían a pasear los domingos en cuadrilla, bajo la vigilancia de las monjas de negro, y luego desaparecían en aquel claustro donde los gritos de los juegos en el patio llegaban lejanos a la calle. El Kindergarten era mixto, y recibíamos las clases en una aula misteriosa del fondo de un corredor, a la que se bajaba por una escalera de piedra, y abierta a un huerto sombreado por grandes árboles. Asocio esos recuerdos a la penumbra del huerto, a la suavidad de los lápices de crayón, al refresco de piña que llevaba desde mi casa en un frasco de tapadera corrediza, al nombre de las monjitas extranjeras, sor Conchita Vinder y sor Conchita Lagañá, que atendían el Kindergarten; y al de la directora, sor Clementina Gonella, una italiana de alto porte y gran nariz aguileña parecida a Cristóbal Colón. Debió ser entonces, aún en el Kindergarten, cuando aprendí a leer. Y había aprendido a hablar mucho antes de empezar a caminar, según la memoria de la Mercedes Alvarado. Sorprendí a mi padre leyendo de corrido los anuncios comerciales que encontraba a mi paso, una vez que me llevó a Managua con el propósito de que viera la vaca de la leche Klim que se reía y movía la cabeza en un escaparate. Desde entonces, talvez, me ha quedado la pasión en mi escritura por las viejas marcas comerciales. Aquellos extraños recreos en la escuela de mujeres, aislados los varones en un rincón, se veían aliviados por temporadas con la llegada de la leche en polvo de la UNICEF, que se cocinaba en grandes barriles en un fogón en medio del patio, con lo que se rompía la rutina, y el aislamiento, pues también hacíamos fila para recibir la ración de leche hervida en el utensilio que cada uno debía llevar de su casa. Las historietas cómicas me hicieron perder quizás, una afición temprana a la lectura de libros de aventuras, que encontraba mejor en los dibujos. Y me recuerdo dibujando en los ladrillos del piso de la tienda con una tiza, lo que mi padre llamaba micos. Contándome a mí mismo las historias que inventaba, iba dibujándolas en secuencia por todo el piso, hasta que la Mercedes Alvarado venía detrás de mí con el lampazo, borrando mis creaciones esfímeras. Esas influencias gráficas sobre la imaginación ¾ porque con la tiza fui un inventor desde el principio¾ venían de las historietas de El Fantasma, el duende que camina, que vivía en lo hondo de la selva en su trono de la calavera, rodeado de los enanos bandar, y de El Capitán Marvel, que para entonces era argentino; las revistas de historietas venían de Argentina en los años de Perón, y las llamábamos penecas, por la revista El Peneca, y también leía El Patoruzito, el pequeño indio metido en aventuras con su amigo engominado Isidoro. El Capitán Marvel, era más atractivo para mí que Superman; su alter ego era un canillita, y allí aprendí esa palabra porteña para llamar a los voceadores. El humilde canillita adquiría sus poderes sobrenaturales al pronunciar la palabra SHAZAM, una combinación de las primeras letras de Salomón, Hércules, Atlas, Zeus, Aquiles, Marte. Obviamente, el misterio de la doble identidad estaba de por medio con todo su poder de atracción. Quizás me fascinaba más El Fantasma enfundado en su sobretodo, de lentes oscuros y sombrero, caminando a medianoche por un muelle sórdido para meterse a escondidas en un barco de carga pronto a zarpar, que El Fantasma de antifaz, botas y calzoneta (algún razón habrá existido para que todos los héroes enmascarados usaran calzoneta de baño). Y los ambientes. Son historietas que podía adivinar antiguas, teñidas de una pátina de nostalgia en sus ambientes, que me dejó esa preferencia por entrar siempre en el pasado. Llegué a volverme un vicioso de la lectura de las historietas cómicas, al grado que al apagarse las luces de la casa yo metía la cabeza debajo de la sábana para leer a la luz de un foco de mano todas las revistas que había acumulado en el intercambio del día con otros niños, y que tenía que devolver temprano. El primer libro que leí fue Genoveva de Bravante, que deben haberme regalado para un cumpleaños. Era un libro de aventuras, con láminas muy hermosas. Y muy luego me encontré con una señora muy alta, bella, y sonriente, doña Zoila Monterrey, que era lectora empedernida de novelas. Las guardaba en una vitrina, bajo llave, y las sacaba para prestármelas. Eran aquellas tomos en dos columnas y de letras menuda de la Editorial Sopena Argentina, o los otros de la Editorial Kapelusz con atractivas tapas a colores, con los nombres de Victor Hugo, Julio Verne, Emile Zola, Alejandro Dumas, Javier de Montepin y Vicente Blasco Ibáñez en las portadas. Lo primero que escribí, a los once años, fue un texto titulado Mis vacaciones en el mar. Mi madre, que también era mi profesora de castellano, tuvo gran parte que ver en lo que resultó de aquel primer intento; era una crónica muy breve de unos de los viajes que hacíamos a Masachapa una vez al año, en el verano. Quizás se trataba apenas de un fin de semana, a lo más tres días, pero los preparativos, que comenzaban semanas antes, se parecían más a los de un traslado definitivo de domicilio. En 1956, sin que nadie se enterara, mandé un cuento a La Prensa Literaria, recreando la historia de La Carreta Nagua, animado porque cada domingo aparecían en ese suplemento, el único en el país, leyendas vernáculas, que fueron, para decirlo de paso, la primera de mis educaciones literarias en cuanto a temas. Cuentos de aparecidos, recreaciones folclóricas, narraciones orales. No olvidaré nunca la sensación de abrir el periódico aquel domingo, y encontrarme con el cuento publicado en gran despliegue, con títulos a colores y una ilustración. Mi nombre estaba allí, y no se porqué me llene de horror, y de vergüenza, como si se tratara de un pecado capital que había sido revelado a todos para mi desgracia; y ya me decidía a esconder el periódico, o a huir, cuando una empleada llegó de parte de mi abuela Petrona a proclamar la noticia como si se tratara de una alegre catástrofe. Y mi abuela quería, para colmo de males, que fuera a leerle en voz alta el cuento. Pero mi éxito literario mayor fue otro. Radio Mundial era entonces la emisora más célebre del país por sus radionovelas, interpretadas por el Cuadro Dramático que tenía como actores estelares a José Dib McConell y Marta Cansino, y que barría la audiencia con El Derecho de Nacer. Había otros programas, también de mucho público, como el de los Catedráticos Novelti Sello de Oro, en el que los concursantes enviaban cartas planteando preguntas inverosímiles para la retentiva de cualquier sabio, ya fuera sobre las pirámides de Egipto, la propiedad de los metales, o los cuerpos celestes. Pero los catedráticos, que eran el profesor Carlos A. Bravo, don Sofonías Salvatierra y el ex-presidente de Costa Rica Teodoro Picado, exiliado en Nicaragua después de los sucesos de 1948, se exponían a contestarlas todas por el micrófono, y cuando fallaban, sonaba una registradora, y el concursante recibía su premio en metálico. El premio que yo me gané fue distinto, en el programa de dos personajes muy populares, don Cándido Suave y doña Robustiana Roncafuerte que interpretaban los mismos artistas del Cuadro Dramático. Los oyentes eran invitados a enviar argumentos, y el argumento escogido se ganaba un premio. Gané con el mío, y fue representado. Mi padre financió mi viaje en bus a Managua para que fuera a recibir el premio, y pude penetrar entonces al santuario mítico de Radio Mundial para entrevistarme con Armando Soto Montoya, director del Cuadro Dramático. Él y su esposa, la actriz Isabel Quirós, partidarios a muerte de Calderón Guardia, se habían venido exiliados de Costa Rica también en el 48. Cuando el viejo Somoza facilitó la invasión de los calderonistas en 1955 para derrocar a Figueres, las voces de ellos dos se oían en la radio clandestina, que funcionaba seguramente en Managua. Y volví a oírlas cargado de nostalgia, en mis años de Costa Rica, en el mismo programa cómico que se pasaba en la Radio Columbia. Soto Montoya me acogió con elevados elogios: a los oyentes se les pedía un argumento, y yo había enviado un guión radiofónico completo. Me animó a que le enviara otros, y ya no lo hice, por lo que me perdí seguramente de una carrera de guionista de radio. La verdad, es que el premio no fue muy halagador. Soto Montoya, apenado, tecleó en su máquina una orden para que retirara en las oficinas de Licores Bell, los patrocinadores del programa, dos botellas de ron Cañita. Pero, pese a todo, fue el primer premio literario que recibí en mi vida. También le debo mi oficio de escritor, por lo tanto, a la radio. Las radionovelas estaban literalmente en el aire, día y noche. Las voces eran los personajes, y todo lo demás debía ser imaginado. Quizás ningún otro género ponga a imaginar tanto como la radio, y de allí los graves desengaños que vienen de conocer a los intérpretes en carne y hueso, como me sucedió a mí con las artistas del Cuadro Dramático de Radio Mundial al entrar aquella vez a su santuario. No eran bellas como se las describía, y como sus voces tersas y sensuales sugerían, sino gordas, gritonas, y ya maduras. La fascinación se perdía por ver, por eso el reino estaba en el oído. Oír, era imaginar, y creer. Y le debo mi oficio al cine. Ya he contado otras veces acerca del peso de mi deuda con el cine, desde que a los doce años me hice operador y pasé a ser el soberano de la caseta de proyección del cine de mi tío Angel. Cuando alguna medianoche voy pulsando el comando de la televisión, aparecen frente a mí los viejos rostros de los actores y las actrices de entonces, y puedo reconocerlos de inmediato, adivinar el nombre de la película. El pasado vuelve entonces a mí en blanco y negro. Esa caseta de proyección, viendo las mismas películas por la ventanilla muchas veces, fue mi escuela de encuadre, de vuelta en el tiempo, de encadenado de imágenes, de fundido, de aproximación a los planos, de diálogos. Mi escuela para seleccionar las imágenes más poderosas, como he querido hacerlo en Margarita, está linda la mar, y construir una secuencia que toma en cuenta distintas épocas, y distintos espacios. Sólo el cine puede lograrlo. En aquel su cine bajo las estrellas que antes había sido un corral de vacas, mi tío Angel ponía las más de las veces películas mexicanas, pero también llevaba otras que después me asombró encontrar en las listas de las mejores de la historia del cine, y que yo proyecté en aquellos años dichosos: Rashomon, Arroz amargo, El Séptimo Sello, La Strada, Ladrón de Bicicletas, Cuando pasan las grullas. La melancolía, y el humor. En la cocina de un escritor hay esos dos ingredientes necesarios, de los tantos que Henry Fielding recomienda en Tom Jones, y que vienen a ser como la carne pegada al hueso. Vengo de ese retraimiento solitario que marcó mi infancia, pero también de la escuela de humor de mis tíos músicos, de la fiesta perpetua que era la tienda de mi padre, y de donde partí en mis recuerdos para escribir Un baile de máscaras, que es un homenaje a todos ellos. Mi madre, educada en la religión protestante, y por su propio carácter austero, tenía un gran sentido de la reserva, y de las proporciones, y por lo tanto, del ridículo. Nunca se prestaba a las exageraciones ni en la risa, ni en el llanto, al contrario de mi padre, y de mis tíos músicos, que no temían para nada lo que mi madre consideraba el ridículo. Y en la tienda, a la hora de las tertulias, los comedimientos no tenían lugar, y se lo dejaban todo a la burla, y muchas veces a los sarcasmos despiadados. Empezaban burlándose de ellos mismos, y ésa fue la primera lección de mi escuela de humor; que para reírse de los demás, hay que empezar por reírse de uno mismo. A la rueda vespertina de la tienda solía sumarse mi abuelo Lisandro, que se reía de algunas bromas, y reprochaba otras; se quedaban los compradores, llegaban de la calle otros visitantes, a veces el padre Fabio, el cura de la parroquia, un sólo jolgorio de conversación que terminaba cuando las campanas de la iglesia llamaban al rosario de las seis, hora en que los músicos recogían sus instrumentos para irse a cumplir con su oficio. Y cuando el padre Fabio concurría, lo atrapaban en discusiones religiosas provocadas adrede, frente a las que se sulfuraba, y que comenzaban con preguntas inocentes, si, por ejemplo, la Santa Cecilia de Masatepe, patrona de los músicos, era más milagrosa que la de San Marcos; o el Niño Dios de Praga más que el Niño Dios de Atocha; o qué parte del cuerpo de Cristo, si la Santa Cabeza de Nandasmo, o el Corazón de Jesús, recomendaba él más para la devoción. ¾ Cerremos la iglesia entonces, si no les gusta, para que ustedes se mueran de hambre ¾ terminaba el padre Fabio, aplastando el cigarrillo con la suela. En el libro de deudores de la tienda, nadie figuraba con nombre propio. Cuando la virgen del Arenal salió del manicomio, y ese fue el caso de una muchacha en estado cataléptico a la que se atribuían milagros, y que conmovió al país desde las páginas del diario La Noticia, olvidada ya, parió muchos hijos, que la acompañaban a sus compras de los domingos. Se la anotaba como La Virgen del Arenal. Un prestamista usurero se anotaba Napoleón Conciencia; un carpintero que tenía cara de mono, Chimpancé, bautizado por mi abuelo Lisandro; un mozo de mi tío Alberto, de cara picada de acné, Juan Cara Lucia; Chupamiel, un ebrio consuetudinario que una día le prendió fuego a la escuela pública en venganza porque lo habían expulsado cuando niño; Chago Paloma, por dueño de un palomar con centenares de palomas que desbordaban a las aceras de su casa; las Palomitas, dos hermanas prestamistas usureras; la Pascuala Barbera, que ejercía su oficio bajo los árboles de su patio en Veracruz, y colocaba un huacal en la cabeza de los clientes, rasurando todo lo que quedaba por fuera; la Teresa Cachimba, que por pudor era anotada como la Teresa Cosa; y una niña vieja que usaba calcetines, la señorita de las tobilleras, aporte modesto, y recatado, de mi madre. Las telas para la Judea, rojos, azules, amarillos, verdes encendidos, se vendían al fiado a los actores, apuntados también en el libro de cuentas. Jesús, Rey de los Judíos, un mimbrero pendenciero que a fuerza de representar su papel había redimido su carácter; María Dolorosa, a la que apaleaba su marido, Caifás, un carpintero borracho del barrio de Veracruz; María Magdalena, que terminó fugándose con Judas Iscariote; Juan Cirineo, que acarreaba cántaros de agua en un carretón y porque no tenía techo dormía en la casa de mi tía María. El barbero que representaba a Dimas, el buen ladrón, estaba anotado con la entrada más larga: Dimas le dijo a Gestas que nunca anduviera en fiesta Pero sería injusto decir que no vengo también de la música, y no sólo del humor irreverente de mis tíos músicos, a pesar de que mi tío Alberto me declarara sordo de nacimiento a las primeras lecciones de solfeo. Pero hay oídos de oídos, creo yo. Y yo oigo con oído de músico; puedo distinguir cada uno de los instrumentos tocando en una orquesta, e identificar el ritmo, y la melodía, como puedo hacerlo también al construir con las palabras el ritmo y la melodía de la prosa. Aunque no sea capaz de entonar. Porque no hay prosa sin música, y sin ritmo. Y cuando en Margarita está linda la mar entro a narrar el momento en que Rigoberto López Pérez atenta contra el viejo Somoza, vuelvo a la música que pasé oyendo toda mi vida, en ritmo, en calor, en cadencia, en armonía. Y en nostalgia. La música que está en la vida, y en los recuerdos, es la que tiene categoría estética. Cuando en 1959 me fui a estudiar derecho a León, yo era ya un escritor que velaba sus armas, pero quizás no lo sabía lo suficiente. Lo sentía, pero no lo sabía. Esas armas son simples. La necesidad imperiosa de contar un tema, la convicción de que nadie antes lo ha contado, y la esperanza segura de que los demás vayan a interesarse en lo contado, según las parecidas reglas de Isaac Bashevis Singer. Emprendí aquel viaje todavía con pocas lecturas, las que les dicho, y las de los quince años, que incluían Gog de Curzio Malaparte, La Madre de Máximo Gorki, Giovanni Papini, Stefan Zweig, y Los Caminos de la Libertad de Jean Paul Sartre; no creo que de ninguna de éstas sacara alguna influencia definitiva, aunque el libro que más me fascinó entonces fue El Infierno de Henri Barbousse, que años después me decepcionó en una segunda lectura. Mis libros de formación como cuentista serían los de la biblioteca de Juan Aburto, a los que entré muy luego, OHenry, Chejov, Faulkner, Horacio Quiroga, Maupassant. Aquel viaje ¾ el viaje¾ probó ser definitivo en su marca. Es, lo sé, el viaje clásico del escritor que pasa de un pequeño mundo a otro más grande, y en este caso Masatepe era el mundo pequeño, y León el más grande. Es de esta experiencia original que uno compone su universo narrativo, y yo tengo dos, cada uno con su propia atmósfera y su propio peso. Pero me refiero ahora más bien a ese tránsito, que fue crucial, a mis diecisiete años. Escribí un año después lo que es mi primer cuento, y el primero que reconozco válido para abrir cualquier antología mía: El Estudiante, publicado en el primer número de la revista Ventana: es la historia del muchacho que llega a estudiar la carrera de derecho a León, y tiene que volverse a su pueblo, empeñando antes con una usurera su anillo de bachillerato y sus códigos, porque su padre ha caído preso bajo la dictadura. Mis dos universos, y ese tránsito, quedaban allí, como el punto de partida; y algunos años después, volvería a enlazar la visión de esos dos mundos compartidos en mi primera novela, Tiempo de Fulgor, que coloco a finales del siglo XIX, pero que recoge la experiencia del tránsito apuntado. Y que es, también mi entrada como novelista al universo de León. Un mediodía de abril de 1959 bajé del autobús Vargas en la Plaza Jerez de León, bajo un sol de incendio. Llegaba de la mano de mi padre a matricularme. Él quería que yo fuera el mejor abogado del mundo. Pero lo que él entonces no supo, es que al poner pie en aquella plaza, frente a la catedral, yo estaba poniendo pie en un universo narrativo; y que estaba obteniendo una foto fija para siempre de aquel lugar, que vuelve siempre a mi memoria, y que es donde empieza Margarita está linda la mar. Los laureles podados, las bancas, el frontispicio del T eatro González, la balaustrada del edificio del Comando, la Casa Prío, el Palacio Municipal, y los techos, las calles, puertas y ventanas enrejadas, quedaron para siempre en esa foto. Como si descongelara ahora esa foto, mi padre sale de ella y comienza a caminar rumbo a la universidad a grandes zancadas, y yo voy un poco detrás de él, mirándolo todo, haciendo más fotos en la memoria. Es la película, cuadro tras cuadros. Son las calles del recibimiento triunfal de Rubén Darío con carrozas, las de su entierro con canéforas, las calles de Oliverio Castañeda vestido de luto, las que recorre Rigoberto López Pérez ya por última vez, y como dice Borges: y sin adivinarlo/, sometido a quien prefija omnipotentes normas,/ y da vida a las cosas, los sueños y las formas... Una foto tras otra. Y porque así está escrito, o lo escribo, yo siempre salgo en esa foto. Managua, agosto 28 de 1998. (En el acto de la Universidad Centroamericana, Managua, el 28 de agosto de 1998, en un encuentro con universitarios sobre la obra literaria del autor. El texto será parte de un libro en proceso, Retrato de Familia con volcán)..
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